DE GRACIA RECIBIMOS, DE GRACIA DAMOS
MATEO 10:8

lunes, 28 de diciembre de 2015

LA FINALIDAD DEL EVANGELIO. De Watchman Nee


FRAGMENTO DEL LIBRO
“LA VIDA CRISTIANA NORMAL”
Traducción: Juan Luis Molina



Para nuestro capítulo final vamos a tomar como punto de partida un incidente en los Evangelios que sucede en los eventos inmediatos envueltos en los tormentos de la Cruz – un incidente que, en sus detalles, es tanto histórico como profético.

“Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza... Jesús dijo... De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella. (Marcos 14:3, 6, 9).

Así que el Señor ordenó que la historia de María, ungiéndole con esta preciosa fragancia al maestro, fuese siempre acompañada de la historia del Evangelio; aquello que María había hecho, estaría siempre ligado a lo que el Señor había hecho también. Así lo declaró él mismo. ¿Qué es lo que pretendía que aprendiésemos con todo esto?

Yo creo que todos conocemos bien la historia de lo que hizo María. De acuerdo con los detalles que sacamos de Juan capítulo 12, donde este incidente se da poco tiempo después de la restauración de su hermano Lázaro, podemos suponernos que la familia no gozaba especialmente de buena posición económica. Las dos hermanas tenían que trabajar en la casa por sí mismas, porque se nos dice que durante este banquete “Marta también les servía” (Juan 12:2 y compárese con Lucas 10:40). No hay duda de que cualquier centavo debía de ser imprescindible para esta familia. Sin embargo una de estas hermanas, María, teniendo entre sus tesoros un vaso de alabastro que contenía trescientos denarios de perfume, lo derramó entero sobre el Señor. A la lógica humana le parece que lo que hizo fue demasiado, que se pasó de las marcas: Estaba derramando sobre el Señor bastante más de lo que debía. Eso es por lo que Judas, tomando la palabra, y concordando con él todos los discípulos, juntaron a una sus voces diciendo que lo que María había hecho era un desperdicio.

DESPERDICIO

“…Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron, ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella” (Marcos 14:4 y 5).

Estas palabras nos llevan a lo que yo creo que el Señor quiere que consideremos, es decir, cuál es el significado de aquella pequeña palabra “desperdicio.”

¿Qué es un desperdicio? Desperdicio significa, entre otras cosas, dar más de lo que sería necesario. Si con diez céntimos bastase para pagar, por lo que habitualmente se da un dólar, sería un desperdicio. Si dos gramos fuesen suficientes, y tú pusieses un kilo, sería un desperdicio. Si tres días bastasen para finalizar una obra y tu empleases cinco días o una semana, sería un desperdicio. Desperdicio significa que tu das, en demasía, por algo que es insignificante. Si alguien está recibiendo más de lo que se considera necesario, entonces eso es un desperdicio. Eso pensaron los apóstoles.

Pero acuérdate que estamos hablando de algo que el Señor dijo que acompañaría al Evangelio, en cualquier sitio donde el Evangelio fuese anunciado. ¿Por qué? Porque entiende que, la predicación del Evangelio, debe llevarse a cabo con "algo", que tiene los mismos ingredientes contenidos en la acción que emprendió María en el pasaje que estamos tratando, esto es, que las personas deberían venir a él y "desperdiciarse a sí mismos" en él. Este es el resultado que está buscando la Escritura.

Debemos ver la cuestión del desperdicio en el Señor desde dos ángulos diferentes. El punto de vista de Judas (Juan 12:4-6) y el punto de vista de los demás discípulos (Mateo 26:8, 9), y para nuestro presente propósito vamos a ver en conjunto los dos puntos de vista en paralelo.

Todos ellos, los doce pensaron que fue un desperdicio. Para Judas por supuesto, que nunca había llamado “Señor” a Jesús, todo lo que se derramase sobre él lo consideraba un desperdicio. No solamente el perfume era un desperdicio: aunque hubiese sido agua lo consideraría un desperdicio. Aquí Judas establece el punto de vista del mundo. El mundo estima, que cualquier servicio que hagamos para el Señor y que no lo entreguemos a él, lo considera como un completo desperdicio. Él nunca fue amado, ni nunca tuvo un sitio en el corazón del mundo. Por eso, cualquier dádiva que le ofrezcamos a Cristo, para el mundo es un desperdicio. Hay muchos que dicen “¡Tal y tal persona serían grandes hombres en el mundo si no fuesen Cristianos!” Si un hombre tiene algún talento natural, una cualidad a los ojos del mundo, consideran una vergüenza que la "desperdicie" en servicio del Señor. Ellos piensan que una persona tal es demasiado buena como para dedicarse al Señor y murmuran diciendo: “¡Qué gran desperdicio de vida!”

Déjame relatarte algo que me sucedió personalmente. En 1.929 estaba de regreso de Shanghái a la ciudad donde había nacido, en Foochow. Un día estaba caminando por la calle con un bastón, muy debilitado y enfermo, y me encontré a uno de mis antiguos profesores de escuela. Él me llevó a un salón de té, donde nos sentamos. Me miro de arriba abajo, de la cabeza a los pies, y entonces me dijo: - ¿Qué tenemos aquí? -  En tus tiempos de colegio teníamos grandes esperanzas puestas en ti, esperábamos que realizases grandes cosas en tu vida. ¿ESTÁS QUERIÉNDOME DECIR QUE ESTO ES A LO ÚNICO QUE HAS LLEGADO?” Mirándome a los ojos penetrantemente, me hizo aquella incisiva pregunta. Y debo confesar que, al escucharla, mi primer deseo fue venirme abajo y ponerme a sollozar. Mi carrera, mi salud, todo parecía estar perdido, aquí estaba mi antiguo profesor de Derecho, preguntándome “¿Todavía estás en esa situación, lleno de fracaso y sin progresos en tu vida? ¿No tienes más que hacer?

Pero en ese mismo instante –y tengo que admitir que fue la primera vez en toda mi vida-  supe lo que significa tener conmigo el “espíritu de gloria” reposando sobre mí. La idea de haber puesto mi vida enteramente en manos del Señor invadió con gloria mi alma. No era nada menos que el espíritu glorioso inundando todo mi ser en aquel momento. Así que pude mirar al cielo y decir abiertamente, “Señor, ¡yo te alabo! ¡Esta es la mejor cosa disponible para que un hombre dedique su vida; esta es la mejor decisión que he podido tomar!” A mi profesor le parecía un completo desperdicio aquello de servir al Señor; pero para eso sirve el Evangelio, para darnos una verdadera estimativa de su valor.

Judas lo tomó como un desperdicio. “Podíamos haberlo vendido y usábamos el dinero en cosas más necesarias. Hay mucha gente pobre. ¿Por qué no se ha utilizado en obras de caridad o en obras sociales? Podíamos haber ayudado a mucha gente de una manera más eficaz ¿Por qué se ha derramado a los pies de Jesús? (vea Juan 12:4-6)”. Esta será siempre la forma de pensar del mundo. “¿No puedes encontrar otro empleo mejor para tu vida? ¿No encuentras nada mejor que hacer por ti mismo? ¡Es una estupidez que malgastes así tu vida para ese Señor!

Pero si el Señor es precioso, entonces ¿Cómo puede ser un desperdicio? Él es precioso y merece la pena ser servido. Él es precioso y merece la pena ser su prisionero. Para mí, es tan precioso, que merece que viva plenamente por él. ¡Sí, él es precioso! El Señor dijo “No la molestéis”. Así que no me dejaré molestar por el mundo. Los hombres pueden decir lo que les dé la gana, pero nosotros debemos mantenernos firmes en el fundamento del Señor.

“Buena obra ha hecho, la obra verdadera no es la que se hace a los pobres; toda obra verdadera es la que se hace para mí.” 

Cuando de una vez por todas se abren nuestros ojos a la obra real de nuestro Señor Jesús, NADA es suficientemente bueno para él.

Pero no debemos entretenernos demasiado con Judas. Veamos cuál fue "también", la actitud de los otros discípulos, porque sus reacciones nos afectan más que la de Judas. Normalmente no tenemos mucho en cuenta lo que nos dice el mundo, podemos soportarlo sin demasiadas dificultades; pero sí que nos afecta bastante lo que piensen los demás cristianos, que deberían entenderlo. Y nos encontramos que, en aquella ocasión, tuvieron la misma reacción que Judas; y no solamente concordaron con él, sino que, además, se sintieron bastante ofendidos.

“Al ver esto los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres” (Mateo 26:8, 9).

Por supuesto que todos conocemos la actitud común que se encuentra difundida entre los cristianos hoy en día, que dice: “Obtén el máximo rendimiento con el menor esfuerzo posible”. Pero eso no es lo que ahora estamos viendo, sino algo mucho más profundo. Déjame ilustrarte.

¿Te han dicho alguna vez que estás desperdiciando tu vida, y que permaneces demasiado tiempo parado sin hacer nada? Te dicen “Aquí tenemos esta gente que debería realizar tal y tal tipo de trabajo. ¿Por qué no se mantienen más activos?” – Pero cuando así hablan, todo lo que tienen en mente es UTILIDAD. Todo debería ser útil, o, ser usado al máximo, de la manera que ellos entienden.

Hay algunos que están muy preocupados con algunos siervos amados del Señor, porque no están aparentemente HACIENDO lo suficiente. “Podrían hacer muchas más cosas,” dicen ellos, “Podían entrar en algún club y disfrutar de una mayor aceptación y prominencia dentro de ciertos círculos. Así podrían ser mejor "utilizados”. 

Ya me he referido varias veces en este libro a una hermana que conocí durante muchos años, yo creo que fue la persona que más me ayudó y fue de provecho en mi vida. Esa persona fue un instrumento muy útil al Señor en los años que estuve con ella, aunque para algunos de nosotros en aquel tiempo, no fuese demasiado aparente. El único pensamiento que nutría hacia ella era el siguiente: “¡No está siendo utilizada como debería!” Me decía a mí mismo constantemente, “Con el potencial que tiene ¿Por qué no sale de esta casa y se dedica a algo mejor? ¡Es un desperdicio que esta mujer esté viviendo en esta aldea tan pequeña donde nunca sucede nada!” Algunas veces, cuando iba a visitarla, casi le gritaba diciéndole, “Nadie conoce al Señor como tú lo conoces. Tú te sabes el Libro de la manera más viva que yo conozco. ¿No te das cuenta de la necesidad que existe a tu alrededor? ¿Por qué no haces algo más útil? ¡Quedarte aquí sentada es un desperdicio de tiempo, un desperdicio de energía, un desperdicio de dinero, un desperdicio de todo!”

Pero no es así, hermano, eso no es lo más importante para el Señor. Ciertamente que quiere servirse de ti y de mí. Dios me libre de que yo alguna vez predique la inactividad, o procure justificar una actitud complaciente con las necesidades del mundo. Así como Jesús también dice en este relato, “el evangelio debe ser predicado a través de todo el mundo”. Pero la cuestión reside en el énfasis. Mirando atrás, hoy en día me doy cuenta de lo tremendamente útil que era para el Señor esta querida hermana cuando nos hablaba a nosotros, que, siendo jóvenes, estábamos por aquel tiempo en su escuela de entrenamiento para esta misma obra del Evangelio. No tengo suficientes palabras de agradecimiento al Señor por ella y por la influencia que impregnó mi vida con la suya.

¿Dónde está entonces el secreto? Está muy claro que, aprobando lo que hizo María en Betania, el Señor Jesús está dándonos una directriz básica que apliquemos en todo servicio: que te desprendas de todo lo que tengas, de ti mismo, PARA ÉL; y si eso es todo lo que te permite hacer, eso es suficiente. La cuestión principal no reside en si “los pobres” deben o no ser ayudados. Eso vendrá después, lo más importante es: ¿Está satisfecho el Señor?

Hay muchas asambleas a las cuales podemos asistir, muchas convenciones donde podamos ministrar, muchas campañas del Evangelio en las que podemos participar. Yo no digo que no estemos capacitados para intervenir en todo eso. Podemos trabajar y ser completamente útiles; pero el Señor no está tan interesado en nuestras incesantes ocupaciones laboriosas para él. Ese no es su principal objetivo. El servicio que hacemos para el Señor no está dependiente, no se mide por resultados tangibles. ¡De ninguna manera! Amigos míos. Lo que más le interesa al Señor es que reposemos a sus pies y que le unjamos su cabeza. Cualquiera que sea el contenido que poseamos en nuestro “vaso de alabastro”: la cosa más preciosa, la cosa más deseable para nosotros en el mundo – ¡Sí! Déjame que te lo diga, es El MANANTIAL DE UNA VIDA QUE FLUYA DE NOSOTROS PRODUCIDA POR LA CRUZ EN SÍ MISMA – eso es lo que derramamos para el Señor. Para algunos, incluso para los que deberían comprenderlo, les parece un desperdicio; pero eso es lo que él busca sobre todas las cosas. Muy a menudo la ofrenda que le hagamos será un servicio infatigable, pero él se reserva para sí mismo el derecho de suspender el servicio durante algún tiempo, para hacernos ver si es el servicio en sí, o si es Él mismo Quien nos sirve de soporte y energía.

EL SERVICIO QUE LE AGRADA

“En cualquier parte que se anuncie el Evangelio...también se contará lo que esta ha hecho” (Marcos 14:9). 

¿Por qué diría esto el Señor? Porque el Evangelio se destina a producir esta misma reacción. Eso es para lo que sirve el Evangelio. El Evangelio no se destina a satisfacer a los pecadores. ¡Alabado sea el Señor! ¡Los pecadores serán saciados! Pero esta satisfacción es, podríamos decir, una bendición añadida por el Evangelio y no su primer objetivo. El Evangelio se predica en primer lugar para que EL SEÑOR se dé por satisfecho. 

Me temo que hayamos puesto demasiado énfasis a favor de los pecadores, y que no hayamos apreciado suficientemente aquello que el Señor tiene en vista como Su objetivo principal. Hemos estado pensando, ¿qué sería de los pecadores si no hubiese Evangelio?, pero eso no es lo que deberíamos tener primeramente en consideración. Sí, por supuesto, ¡Alabado sea el Señor! Los pecadores tienen su parte en todo esto. Dios ha suplido sus necesidades y los ha rociado de bendiciones; pero eso no es lo más importante. Lo más es importante es esto, que todas las cosas deberían ser para satisfacer al Hijo de Dios. Solamente estaremos satisfechos, y los pecadores estarán también satisfechos, cuando él se dé por satisfecho primero. Nunca me encontré con un alma que, satisfaciendo al Señor, se encontrase insatisfecha. Es imposible. Nuestra satisfacción viene infaliblemente cuando le satisfacemos a él en primer lugar.

Pero tenemos que recordar que jamás se dará por satisfecho sin que nos “desperdiciemos” nosotros mismos sobre él. ¿Ya le has dado al Señor demasiado? ¿Puedo decirte una cosa? Hay una lección que tenemos que aprender muchos de nosotros, y es que, en el servicio divino, el principio del desperdicio es el principio del poder. El principio que determina la utilidad es el principio mismo del desperdicio. La verdadera utilidad en las manos de Dios se mide en términos de “desperdicio”. Mientras más pienses que lo puedes HACER, y mientras más emplees tus habilidades hasta el límite (¡y algunos van más allá de sus propios límites!) para hacerlo, más te darás cuenta que estás empleando los principios del mundo y no el principio del Señor. Los caminos que Dios toma con nosotros se destinan a establecer en nuestra vida este otro principio, es decir, que la labor que realizamos PARA él, nace cuando estamos ministrándole a Él. Yo no estoy diciendo que no hagamos nada; sino que lo más importante debe ser siempre el Señor mismo, y no su obra.

Ahora debemos poner todo esto en términos prácticos. Tú dices así: “Yo he desistido de mi posición; he desistido de un ministerio; he dejado de lado algunas posibilidades muy atractivas de un brillante futuro, para seguir al Señor de esta manera. Ahora intento servirle. Algunas veces me parece que el Señor me escucha, y otras veces me deja esperando por una respuesta definitiva. Algunas veces soy útil para él y otras veces parece que me ignora. Y entonces, cuando así sucede, me comparo a mí mismo con aquel compañero mío en el Cuerpo que se encuentra dentro de un gran proyecto. Él también tenía un futuro brillante en el mundo, y nunca lo dejó de lado. Lo lleva a cabo y además sirve al Señor. Comprueba que hay almas que se salvan y el Señor bendice su ministerio. Su vida está llena de éxito – no digo solo material, sino también espiritualmente – Y muchas veces me pongo a pensar que él se parece más a un verdadero Cristiano, que yo, tan feliz, tan satisfecho. Así que, ¿Qué puedo aprender de todo esto? Él pasa un tiempo maravilloso; el mío es pésimo. Él, sin esfuerzo alguno, tiene lo que los Cristianos consideran hoy en día una prosperidad espiritual, mientras que yo tengo todo tipo de complicaciones en mi vida. ¿Qué significa todo esto? ¿Estoy desperdiciando mi vida? ¿Será que estoy dando en demasía?”

Aquí reside tu problema. Sientes que si dieras los mismos  pasos de aquel otro hermano, es decir,  que si tú, por así decirlo, te consagrases a ti mismo lo bastante para estar bendecido, pero no tanto como para tener soportar estas tribulaciones – todo sería perfecto. ¿Pero sería así? Tú sabes muy bien que no.

¡Quita tu vista de aquella persona! Mira a tu Señor, y pregúntate a ti mismo nuevamente qué es lo que él más valoriza. El principio del desperdicio es el principio que debe gobernar nuestras vidas.

“Ha hecho CONMIGO una buena obra”. Dijo Jesús de María. La verdadera satisfacción al corazón de Dios viene cuando realmente estamos, como las personas del mundo dirían, “desperdiciándonos” sobre Él. Parece completamente como si estuviésemos dándole demasiado sin recibir nada a cambio – y ESE es el secreto de agradar a Dios.

Oh, amigos míos, ¿Qué es lo que buscamos? ¿Buscamos ser ÚTILES como lo fueron aquellos discípulos que pensaron ser un desperdicio lo que hizo María? Ellos querían hacer rendir al máximo cada céntimo de las trescientas piezas de plata. Toda la cuestión se resumía en “aprovechar” aquel dinero para Dios, en términos que pudiesen ser medidos y contados. Pero lo que el Señor espera de nosotros es que digamos: “Señor, nada de eso me importa un pimiento. Si puedo agradarte a ti, con eso me basta”.

UNGID AL SEÑOR ANTES QUE SEA DEMASIADO TARDE

“¿Dejadla en paz, por qué molestáis a esta mujer? Pues ha hecho conmigo una buena obra. Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura” (Marcos 14:6-8).
En estos versículos el Señor introduce un factor de tiempo al pronunciar la palabra “anticipado”, y de esto podemos sacar una nueva aplicación hoy en día, porque es tan importante para nosotros ahora como lo fue para ella en aquel tiempo. Todos nosotros sabemos que seremos llamados a realizar una obra más grande en la edad venidera – no a que estemos parados.

“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21; y compare con Mateo 24:47 y con Lucas 19:17).

Sí, habrá una obra mucho más grande; porque la obra de la casa del Señor seguirá su curso, igual que sigue el suyo en la historia el cuidado a los pobres. Los pobres estarían siempre con ellos, pero no siempre le tendrían a él. Hubo alguna cosa, representada con este derramamiento del perfume, que María tuvo que hacer anticipadamente o, de otro modo, no le hubiera sido posible hacerlo después. Yo creo que en aquel día, todos vamos a amarle de una manera que no hacemos hoy. Cuando lo veamos cara a cara, yo creo que todos partiremos nuestro vaso de alabastro y derramaremos todo para él. Pero HOY - ¿Qué es lo que hacemos hoy?

Algunos días después de que María quebrase el vaso de alabastro, y lo derramase sobre la cabeza de Jesús, hubo algunas mujeres que fueron por la mañana temprano para ungir el cuerpo del Señor en la sepultura. ¿Pudieron hacerlo? ¡No! Hubo solamente un alma que consiguió con éxito ungir al Señor, y esa fue María, que lo ungió anticipadamente. Las demás jamás pudieron hacerlo, pues había resucitado. Ahora yo sugiero que, de la misma forma, el factor tiempo debe ser de suma importancia también para nosotros, y la cuestión que levanta todo lo expuesto anteriormente es esta: ¿QUÉ ES LO QUE ESTOY  DERRAMANDO YO HOY EN EL SEÑOR  PARA DIOS?

¿Se han abierto tus ojos para ver lo precioso que es Aquel a quien servimos? ¿Nos hemos dado cuenta que, nada menos que lo más amado, lo más costoso, y lo más precioso, es lo único adecuado para Él? ¿Reconocemos que, el trabajo para los pobres, el trabajo en beneficio del mundo, el trabajo en beneficio del alma humana y la obra por el eterno beneficio de los pobres – todos ellos siendo necesarios y valiosos – están correctos solamente cuando ocupan su lugar apropiado? Todo en sí mismo, que sea asunto aparte del Señor, no tienen comparación posible con el trabajo que se realiza al desperdiciarse en EL SEÑOR para Dios.

El Señor tiene que abrirnos los ojos para que veamos lo que merece la pena según su punto de vista.
Si existen algunas obras de arte preciosas en el mundo, y pago el alto valor que piden por ellas, sean mil, diez mil, o mismo cincuenta mil dólares, ¿Se cuida alguien de decir que es un desperdicio? La idea de desperdicio solamente entra en nuestra Cristiandad cuando subestimamos el valor de nuestro Señor. Esta es la pregunta: ¿Cuán precioso es él para nosotros ahora?... Si no lo tenemos en su debido valor, entonces por supuesto que darle cualquier cosa, por pequeña que sea, nos parecerá un estúpido desperdicio. Pero cuando lo valoramos como lo más precioso para nuestras almas, nada nos parece que sea demasiado, nada nos parece lo suficientemente caro para él; todo lo que tenemos, lo que más amamos, nuestros más preciados tesoros, lo derramaremos sobre él y no consideraremos un desperdicio haberlo derramado.

De María dijo así el Señor: “Ella ha hecho lo que ha podido”. ¿Qué quiso decir con esto? Significa que le entregó todo lo que había en sí misma. No reservó nada para días futuros. Derramó en abundancia todo lo que poseía sobre él; y por tanto, en el día de la resurrección no tendrá motivos para arrepentirse de su extravagancia. Y el Señor no se dará por satisfecho con nada menos de nuestra parte, que con “lo que podíamos hacer para Él en el Señor”. Con esto, acuérdate, yo no me estoy refiriendo a gastar nuestra propia energía y esfuerzo en intentar hacer algo para Él, porque ese no es el punto que aquí estamos tratando. Lo que el Señor Jesús busca en nosotros es una vida reposada a sus pies, y eso en vista de su muerte y sepultura y de un día futuro. Su sepultura ya estaba prevista en aquel día que estaba en la casa de María en Betania. Hoy en día es su coronación la que está prevista, cuando sea aclamado en gloria como el Ungido, el Cristo de Dios. ¡Sí! ¡Entonces derramaremos todo lo que somos sobre él! Pero es algo precioso – de hecho es la cosa más preciosa para él – que lo unjamos ahora, no con ningún ungüento material sino con algo de mucho más valor, con algo que salga de nuestros corazones.

Lo externo y superficial no tiene cabida aquí. Todo eso ya ha sido tratado por la Cruz, ya hemos dado nuestro consentimiento a los juicios de Dios sobre esta materia y hemos conocido por experiencia que ya se ha echado fuera el hombre exterior. Lo que Dios nos demanda ahora se encuentra representado por aquel vaso de alabastro: algo que mane de lo más profundo, algo que se vuelque se derrame y se vierta, algo que, por ser tan genuinamente del Señor, nosotros quebremos como María quebró aquel vaso, sin que nos importe quebrarlo. Ahora mana del corazón, de lo más profundo de nuestro ser; y cuando nos encontremos en la presencia del Señor así, y lo quebremos y lo derramemos, debemos decir: “¡Señor, aquí está, es todo tuyo, porque tú eres lo más precioso!”- Solo así se da por satisfecho. Así quiere Dios recibir tal ungimiento de nuestra parte HOY EN DÍA.

FRAGANCIA

“Y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3).

 Al quebrar el vaso y ser ungido Jesús, la casa se inundó de la más dulce de las fragancias. Cualquiera podía olerla. A nadie le podía pasar desapercibida. ¿Qué significa esto?

Cuando encuentras a alguien que verdaderamente haya soportado – alguien que a través de sus experiencias con el Señor haya pasado por limitaciones, y que, en vez de intentar librarse de serle “útil”, ha decidido ser cautivo suyo y aprendido a deleitarse en el Señor y no en ninguna otra parte – entonces inmediatamente eres consciente de algo. Tus sentidos espirituales detectan inmediatamente una dulce fragancia de Cristo. Algo ha destilado, algo se ha quebrado en aquella vida, y por eso hueles la fragancia. El olor que impregnó aquella casa en Betania aquel día aún inunda la Iglesia hoy en día; la fragancia de María no pasa nunca. Solo se necesita un golpe que parta el vaso para el Señor, pero aquel acto de quebrar el vaso de alabastro – aquella ofrenda sin reservas y la fragancia de aquel ungimiento – permanece para siempre.
Estamos hablando de lo que somos; no de lo que hacemos o predicamos. Tal vez hayas estado pidiéndole al Señor durante mucho tiempo para que se digne utilizarte de una manera tal que cause en la gente un impacto de Sí Mismo en los demás. Esta oración no se destina exactamente a recibir el don de predicar o de enseñar. La haces más bien para que te capacite, en tu trato con otros, a impartir a Dios, la presencia de Dios, el sentir a Dios. Déjame que te diga, querido amigo, que tú no puedes producir tal impresión de Dios sobre otros, sin que quiebres primero absolutamente todo, incluso las más preciosas posesiones, a los pies del Señor Jesús. Pero si llegas a alcanzar este punto, tanto da que te parezca como que no te parezca que tu utilidad es notada de una manera externa, Dios comenzará a impartirla de manera que otros vengan a tener hambre de conocerLe. Las personas sentirán el olor a Cristo en ti. Las personas que menos esperemos lo detectarán. Sentirán que alguien se encuentra andando con el Señor, alguien que, soportando tribulaciones, no se mueve por sí, independientemente, sino que ha sabido poner todas las cosas a los pies de su Señor. Ese tipo de vida causa una enorme impresión, y la impresión crea el hambre, y el hambre provoca que los hombres se mantengan buscando hasta que, a través de la divina revelación, encuentren la plenitud de vida y del verdadero alimento que hay en Cristo.

 A nosotros nos ha puesto Dios aquí con el fin de que otros tengan también hambre por conocerLe. Esto es, a fin de cuentas,  preparar el suelo para la predicación.

Si tú colocases un delicioso pastel enfrente de dos hombres que acabaron de comer copiosamente, ¿Cómo reaccionarían? - Hablarían sobre el pastel, admirarían su apariencia, discutirían acerca de su envoltura, argumentarían sobre el precio – ¡hablarían de todo menos de comérselo! Pero si estuviesen verdaderamente hambrientos no pasaría mucho tiempo sin que el pastel desapareciera. Y lo mismo sucede con las cosas del espíritu. Ninguna obra verdadera comienza nunca en la vida de nadie sin que primero se haya creado una sensación de necesidad. ¿Cómo puede hacerse esto? No podemos inyectar apetito espiritual por la fuerza; no podemos embutir el hambre en las personas. El hambre tiene que ser creada, y puede ser creada en los demás solamente a través de aquellos que transportan consigo las impresiones de Dios.

A mí me gusta pensar siempre sobre las palabras de aquella “gran mujer” de Sunem. Hablando sobre el profeta, que ella había observado pero que no conocía muy bien, le dijo a su marido:

“He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios” (2ª Reyes 4:9).

No fue lo que Elías dijo o hizo que produjo aquella impresión, sino lo que él era. Solamente por pasar delante de su puerta, esta mujer detectó en él algo. Pudo darse cuenta de que había algo diferente en él. ¿Cuál es la sensación que producimos sobre los demás? Podemos dejar muchos tipos de impresiones; podemos dar la impresión de ser muy listos, de ser muy dotados, de que somos tal, o cual o lo de más allá. Pero fijate, la impresión que Elías dejó fue una impresión de Dios Mismo.

Este asunto del impacto que causamos sobre los demás nos vuelve a recordar algo, y es la obra de la Cruz en nosotros con relación a lo que agrada al corazón de Dios. Eso lleva consigo que procuremos lo que le agrada, que procuremos satisfacerle solamente a él, y no puedo explicarte lo mucho que me costó a mí realizarlo. La hermana de quien ya he hablado varias veces, se encontraba una vez en una situación bastante difícil; quiero decir, demandaba absolutamente todo de sí misma. Yo estaba con ella en ese momento, y juntos nos arrodillamos y oramos con nuestros ojos llenos de lágrimas. Mirando al cielo dijo así: “¡Señor, yo estoy dispuesta a partir mi corazón para hacer lo que tu corazón desea!” Hablar acerca de un corazón partido puede parecernos meramente un sentimiento romántico a muchos de nosotros, pero en la situación particular en que ella se encontraba, era exactamente eso lo que significaba y quiso decir.

Debe haber algo - una voluntad de rendirse, un quebrar y derramar todo sobre él– que liberta aquella fragancia de Cristo y produce en la vida de los demás una profunda sensación de necesidad, sacándolos de sí mismos para desear venir al conocimiento del Señor. Esto es lo que yo creo que es el corazón de todas las cosas. El Evangelio tiene como objetivo principal producir en nosotros los pecadores una condición que satisfaga el corazón de Dios. Para que se pueda dar ese resultado, tenemos que venir a Él con todo lo que tenemos, todo lo que somos – Si, hasta las cosas más queridas de nuestra experiencia espiritual – Y debemos hacerle saber: “¡Señor, yo estoy dispuesto a perder todo esto por ti: no solamente por tu obra, no por tus hijos, no por otra cosa cualquiera, sino completa y totalmente por ti mismo!”

¡Oh, qué cosa tan grande es el desperdicio! Desperdiciarse para el Señor es algo maravilloso. Hay muchos cristianos en lugares importantes que no conocen nada de esto. Muchos de nosotros hemos sido útiles hasta más no poder – hemos sido utilizados, me gustaría decir, en demasía – pero no sabemos lo que significa ser “desperdiciados en Dios”. Nos gustaría seguir siempre andando “libremente” haciendo lo que quisiésemos para Dios: El Señor, sin embargo, prefiere algunas veces tenernos aprisionados. Nosotros pensamos en términos de jornadas apostólicas: Dios tiene la osadía de poner a sus mejores embajadores encadenados a Él.

“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2ª Corintios 2:14).

“Y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3).

Que el Señor nos inunde con su gracia para que podamos aprender a agradarle. Cuando, igual que Pablo, hagamos nuestro su clamor supremo:

“Que ausentes o presentes le seamos agradables” (2ª Corintios 5:9)

... el Evangelio, entonces, habrá conseguido cumplir su objetivo.


1 comentarios:

Anónimo dijo... Responder

Si existen algunas obras de arte preciosas en el mundo, y pago el alto valor que piden por ellas, sean mil, diez mil, o mismo cincuenta mil dólares, ¿Se cuida alguien de decir que es un desperdicio? La idea de desperdicio solamente entra en nuestra Cristiandad cuando subestimamos el valor de nuestro Señor...
LA PALABRA VIVA EL HIJO DEL ETERNO ALELUYA ALELUYA AMEN !