La Sala Del Tribunal Celestial: Cómo Presentar Tu Pacto Y Ganar Tu Caso Por Fe. De Kenneth E. Hagin

 


Padre, en el nombre del Señor Jesucristo venimos, venimos con valentía, no tímidamente. Venimos con confianza, no con temor. Porque está escrito: " Por tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para cuando necesitemos ayuda". (Hebreos 4:16 RVC). Te damos gracias por tu santa Palabra escrita. Te damos gracias por el gran consolador, el Espíritu Santo, a quien has enviado para que habite en nosotros y sea nuestro maestro y guía (Juan 14:26, 16:13). No nos apoyamos en nuestro propio entendimiento. Confiamos en que Él revelará la Palabra de Dios a nuestros espíritus en esta misma hora.

Ahora Padre, conforme a Efesios 1, pedimos y recibimos "para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, nos dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de nuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos" (Efesios 1:17-19). Lo tomamos ahora. Lo tomamos por fe. Declaramos que la luz inunda nuestros espíritus. Porque "la exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples" (Salmo 119:130).

Di esto en voz alta conmigo: Padre, recibo el espíritu de sabiduría y revelación. Mis ojos son iluminados. Conozco tu llamado. Conozco mi herencia. Conozco el poder que es para mí que creo. Amén. No somos solo oidores que nos engañamos a nosotros mismos. "Pero sed hacedores de la Palabra, y no tan solamente oidores" (Santiago 1:22). La fe no se queda en silencio. La fe habla. "Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón... que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor... serás salvo" (Romanos 10:8-10). "Así que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios" (Romanos 10:17). Por lo tanto, esta noche escuchamos, decimos y actuamos.

Concede, oh Señor, palabras para hablar, "a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio" (Efesios 6:19). "Mi lengua es pluma de escribiente muy ligero" (Salmo 45:1). Y que haya demostración del Espíritu y de poder, "para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios" (1 Corintios 2:4-5). Nos ponemos de acuerdo. Tu Palabra dice: "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos." (Mateo 18:19).

Nos ponemos de acuerdo para recibir revelación. Nos ponemos de acuerdo para sanidad. Nos ponemos de acuerdo para liberación. Nos ponemos de acuerdo para tener claridad del Espíritu Santo, y atamos la distracción, la confusión, la incredulidad y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. "Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo" (2 Corintios 10:5). Jesús dijo: "De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo". (Mateo 18:18). Así que atamos la interferencia del enemigo y desatamos palabras qué hablar, entendimiento y libertad en el Espíritu Santo.

Ahora levanta tu voz y di: "Tengo oídos para oír. Tengo ojos para ver. Tengo un corazón para entender. Soy buena tierra. La Palabra obra en mí esta noche". Gloria a Dios. Confesamos a "Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Colosenses 1:27). Confesamos al mayor que está dentro de nosotros. "Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Confesamos nuestro lugar en Él, "aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo... y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:5-6). Ahí es donde nos sentamos. Desde ahí hablamos. Así es como oramos, desde la mano derecha, no desde el problema.

Padre, hacemos un pacto contigo. Honraremos la Palabra. Hablaremos la Palabra. Actuaremos conforme a la Palabra. No retrocederemos. No seremos movidos por lo que sentimos, vemos o escuchamos. Seremos movidos solo por lo que creemos, y creemos la Palabra de Dios. "Díganlo los redimidos de Jehová" (Salmo 107:2). Así que decimos: Soy redimido de la maldición. Soy redimido de la enfermedad. Soy redimido del temor. Soy redimido de la confusión. Soy redimido a través de su sangre. Aleluya.

Ahora Señor, te damos toda la gloria de antemano. Te damos gracias por anticipado. Te alabamos ahora por lo que la Palabra llevará a cabo en nosotros esta noche. Porque "no volverá a mí vacía, sino que hará lo que Tú quieres, y será prosperada en aquello para que la enviaste" (Isaías 55:11), en el nombre de Jesús. Amén. Y todo el que esté de acuerdo, diga: "Amén". De nuevo, amén. Aleluya.

Ahora acércate y escucha con el hombre interior. La sala de tribunal del cielo es real, no un mito ni solo una metáfora. Un trono es un tribunal y un juez se sienta en ese trono. La Palabra dice: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia" (Hebreos 4:16). Si hay un trono, hay un procesos  (acción judicial). Si hay un juez, hay leyes. Si hay leyes, hay derechos. Si hay derechos, hay casos que deben escucharse y veredictos que deben ser emitidos. Dilo en voz alta: Tengo un caso. Tengo derechos. Me acerco confiadamente.

Hebreos declara: "sino que os habéis acercado al monte de Sion... a Dios el Juez de todos... a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel" (Hebreos 12:22-24). Juez, mediador, sangre que habla. Ese es lenguaje de tribunal, no conjeturas. De nuevo el profeta dijo: "Hazme recordar, entremos en juicio juntamente" (Isaías 43:26). ¿Alegar en juicio qué? No tus sentimientos. Alegar el pacto. No tus síntomas. Alegar la sangre. No las opiniones de los hombres. Alegar la Palabra. Dilo: Me acojo al pacto. Me acojo a la sangre. Me acojo a la Palabra.

Ahora, Dios no es solo juez. Él es nuestro Padre (Mateo 6:9). No pases eso por alto. Él es juez justo. "Justicia y juicio son el cimiento de tu trono" (Salmo 89:14). Pero Él es el Padre "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Romanos 8:32). Jesús no solo es Salvador, es Abogado. La Escritura dice que "abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2:1). Abogado es lenguaje legal. Sumo sacerdote es lenguaje de pacto. Y tu sumo sacerdote es el sumo sacerdote de tu profesión [confesión] (Hebreos 3:1). Eso significa que tus palabras son archivadas en ese tribunal. Tu confesión no es una tarea rutinaria. Tu confesión es evidencia.

Permíteme ayudarte a pensar. El Nuevo Testamento es también un testamento. Una última voluntad y testamento (Hebreos 9:15). Un testamento es un instrumento legal. Contiene legados. Nombra beneficiarios. Entra en vigor a la muerte del testador. El Calvario sucedió. El testador murió. El testamento fue validado. Y la resurrección es el sello del cielo de que la herencia está activa ahora. La sanidad está en el testamento. La paz está en el testamento. La autoridad está en el testamento. Di: "Soy un beneficiario nombrado. Recibo mi porción ahora".

Pero hermano Hagin, ¿qué hay del diablo? Bueno, me alegra que preguntes. La Biblia lo llama el acusador de nuestros hermanos (Apocalipsis 12:10). Los acusadores pertenecen a las salas del tribunal. Él acusa, pero no juzga. Él se opone, pero no gobierna. En Zacarías 3, " Entonces me mostró a Josué, el sumo sacerdote, que estaba de pie ante el ángel del SEÑOR, y a Satanás, que estaba a su mano derecha para acusarlo. El ángel del SEÑOR le dijo a Satanás: «¡Que te reprenda el SEÑOR" (Zacarías 3:1-2 NVI). Ahí está, una escena de tribunal, el adversario presente, una reprensión emitida. Y Apocalipsis continúa diciendo que el acusador fue arrojado, "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos" (Apocalipsis 12:11). Sangre y palabra, evidencia y confesión. Así es como ganas tu caso.

Algunas personas piensan que la oración es rogar afuera de una puerta cerrada con llave, esperando que Dios la abra un poco. No. No, orar es entrar por un camino nuevo y vivo (Hebreos 10:19-22) por la sangre, con denuedo, trayendo el documento de "escrito está" y poniéndolo sobre el estrado. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó” (Romanos 8:33-34). Eso significa que el caso en tu contra ya ha sido desestimado en audiencia pública por la muerte y resurrección de Jesucristo. Si el juez te ha justificado, ¿quién puede condenarte? Si el sumo sacerdote ha llevado su sangre detrás del velo, ¿quién puede revertirlo? Si el testamento se ha ejecutado, ¿quién puede anularlo? Nadie. Di: "Caso desestimado. Veredicto: justificado".

Ahora permíteme anclar esto en tu espíritu. El trono de Dios no es un trono de confusión. La Palabra dice "pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz" (1 Corintios 14:33). Todo en esa sala de tribunal concuerda con el pacto. El Espíritu, el agua y la sangre están de acuerdo (1 Juan 5:8). El Espíritu Santo es el abogado defensor dentro de ti. Él traerá a tu memoria la ley y el precedente. "Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Juan 14:26). Tu parte no es inventar argumentos. Tu parte es recordar y repetir lo que ya dice el pacto. "Escrito está" venció en el desierto (Mateo 4). "Consumado es" venció en la cruz (Juan 19:30). "Es mío ahora" hace valer la victoria en tu boca hoy (Marcos 11:24). ¡Gloria a Dios!

Recuerdo haberle dicho a la gente por años: los sentimientos no son documentos legales. Los síntomas no son documentos legales. La Palabra es tu documento legal. No entras a un tribunal con un puñado de sentimientos. Entras con la Prueba A, capítulo y versículo. No le cuentas al juez tus síntomas para obtener compasión. Le dices al juez sus propios estatutos para reclamar la sentencia. "Para siempre, oh Jehová, permanece tu Palabra en los cielos" (Salmo 119:89). El tribunal del cielo ya ha dictado sentencia. La tierra es donde nosotros hacemos cumplir esa sentencia. Jesús dijo: "… todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo." (Mateo 18:18). El griego se lee: "Habrá sido atado, habrá sido desatado". En otras palabras, tú haces cumplir en la tierra lo que ya se ha decidido en el cielo. Esos son asuntos de tribunal.

Ahora levanta tus manos y dilo fuerte: Padre, vengo por la sangre. Me paro firme en la Palabra. Presento mi caso. Jesús es mi abogado. El Espíritu Santo es mi consejero. El veredicto del Calvario es mi veredicto hoy. Nuevamente, el trono de la gracia está abierto. Vengo confiadamente. Se ha leído el testamento. Recibo mi porción. El acusador es silenciado. Venzo por la sangre y por mi testimonio. Aleluya.

Una cosa más y seguiré adelante. Algunos de ustedes han tratado de orar desde el asiento equivocado. Han estado orando desde el asiento del temor, el asiento de la derrota, el asiento del "quizás algún día". Pero la Biblia dice: "y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:6). Tú oras desde ese asiento. Tú presentas tu caso desde ese asiento. Tú juzgas tu caso desde ese asiento, porque la cabeza y el cuerpo son uno. Si todas las cosas están bajo sus pies (Efesios 1:22) y tú eres su cuerpo, entonces todas las cosas están bajo tus pies en Él. Dilo conmigo tres veces: Muy por encima. Muy por encima. Muy por encima. Ahí es donde te sientas. Ahí es desde donde hablas. Ahí es donde estás parado.

Muy bien, congregación. Afirma tu corazón como el pedernal (ten una determinación inquebrantable) en este momento. Me niego a acercarme a Dios como un mendigo. Me acerco a Dios como un hijo lavado por la sangre. Traigo el pacto. Traigo la Palabra. Traigo mi confesión. Recibo el fallo. Gloria a Dios por siempre. Ahora pasemos al meollo del asunto: la evidencia. En cualquier sala de tribunal, el juez no dictamina basándose en sentimientos. Dictamina basándose en evidencia. Y en el tribunal del cielo, la evidencia es la Palabra de Dios. Dilo en voz alta: Mi evidencia es la Palabra. Mi evidencia es la sangre. Mi evidencia es mi confesión.

Jesús mismo usó este método cuando vino el tentador. Tres veces habló el enemigo y tres veces respondió Jesús: "Escrito está". "Escrito está". "Escrito está" (Mateo 4:4, 7, 10). Esa fue su evidencia. Él no argumentó. No filosofó. No apeló a las emociones. Simplemente presentó la ley de Dios y el adversario tuvo que retirarse. Gloria a Dios.

Ahora, ¿qué evidencia traemos con respecto a la sanidad? Isaías 53:4-5: "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; ... Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados". Esa es la Prueba A. No digas "Señor, sáname si es tu voluntad". Eso es ignorancia de la evidencia. El testamento ya está leído, el pacto ya está firmado con sangre, y declara que por sus llagas somos sanados.

Prueba B, 1 Pedro 2:24: "quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados." ¿Notaste eso? Isaías miró hacia adelante y dijo "fuimos". Pedro miró hacia atrás y dijo "fuisteis". Uno miró hacia la cruz. El otro miró desde la cruz, pero ambos coinciden. La sanidad está consumada. Dilo: Soy lo que él dice que soy. Tengo lo que él dice que tengo. Fui sanado. Por lo tanto, estoy sanado.

Prueba C, Salmo 103:2-3: "Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias". No algunas, no la mayoría, sino todas. El mismo Dios que perdona el pecado es el Dios que sana la enfermedad. Si crees en la primera mitad, puedes creer en la segunda. Si confías en Él para el perdón, puedes confiar en él para la sanidad. La misma sangre que limpia el corazón, sana el cuerpo.

Así que cuando te presentes ante el trono, no traigas tus dolores y quejas como tu alegato. Trae la Palabra. Presenta tus pruebas. Presenta tu caso mediante las escrituras. Di: "Padre, tu Palabra dice que Jesús llevó mis enfermedades. Tu Palabra dice que fui sanado. Tu Palabra dice que tú sanas todas mis dolencias. Presento esta evidencia. El caso está resuelto". Aleluya.

Recuerdo cuando estaba postrado en cama en mi adolescencia, el diablo susurraba: "No vas a lograrlo. Te estás muriendo". Pero yo tenía la Prueba A, la Prueba B y la Prueba C. Leí Marcos 11:24: "Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá." Y le dije: Señor, yo creo y yo recibo sanidad para mi corazón. Yo creo y yo recibo sanidad para mi sangre. Yo lo creo y lo recibo ahora. El diablo dijo: "Sigues enfermo", pero yo respondí: "Escrito está". El diablo dijo: "Todavía te sientes débil". Yo respondí: "Escrito está". El diablo dijo: "Vas a morir joven". Yo respondí: "Escrito está". Y después de muchos meses de apoyarme en la evidencia, me levanté de esa cama entero y fuerte. La evidencia prevaleció.

Ahora repite esto conmigo: Presento la evidencia A. Por sus llagas soy sanado. Presento la Evidencia B. Por sus llagas fui sanado. Presento la Evidencia C. Él sana todas mis enfermedades. La evidencia es clara. El veredicto es sanidad. La sentencia es vida. No dejes que tu testimonio contradiga tu evidencia. Un abogado no entra a un tribunal y dice: "Juez, realmente no sé qué hay en el libro de leyes, pero espero que tenga misericordia". No. Él cita el estatuto. Tú no estás a merced de la enfermedad. Estás posicionado en el pacto de sanidad. Tu testimonio debe alinearse con tus pruebas. Tu confesión debe ser un eco de la Palabra. "Díganlo los redimidos de Jehová" (Salmo 107:2). Dilo ahora: Soy redimido. Soy sanado. Estoy completo. Caso cerrado. Gloria a Dios.

Esa es tu evidencia, hijo de Dios. Y la sala del tribunal del cielo no reconoce mayor autoridad que "escrito está". Ahora que tenemos la evidencia, hablemos de cómo presentar tu caso ante el juez. En cualquier sala de tribunal, un caso debe presentarse adecuadamente. Un abogado no se levanta y balbucea. No ruega. No dice: "Oh, juez, si le place, tal vez, si le apetece". No, él se pone de pie. Cita la ley y presenta la evidencia. Eso es lo que tú debes hacer ante el trono de la gracia.

La Biblia dice: "Hazme recordar, entremos en juicio juntamente; habla tú para justificarte" (Isaías 43:26). ¿Lo captaste? Hazme recordar. Dios no olvida Su Palabra, pero espera que tú la recuerdes y la traigas ante Él. Él dice: "Declárala tú". Tienes que abrir la boca. Tienes que decir: "Padre, tu Palabra dice...". Así es como presentas tu caso.

Piénsalo de esta manera. El diablo es el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12:10). Te acusará. Te dirá: "No mereces la sanidad. No calificas. Fracasaste. Pecaste". Pero tu abogado, Jesucristo el justo, se levantará y dirá: "Objeción, su Señoría. La sangre ha sido aplicada. El pacto ha sido firmado. La pena ha sido pagada. Este hijo está justificado. Aleluya". Y tu responsabilidad es estar de acuerdo con tu abogado, no con tu acusador. No estés de acuerdo con las acusaciones de Satanás. No estés de acuerdo con tus síntomas. No estés de acuerdo con tus miedos. Ponte de acuerdo con tu abogado. Di lo que Él dice. Presenta tu caso con Su Palabra.

El apóstol Pablo nos dijo en 1 Timoteo 6:12: "Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna". ¿Qué es una pelea? Es una contienda de palabras. Una batalla en un tribunal es una batalla de palabras. El juez dictamina basado en quién cita la ley, en quién presenta la evidencia. Por eso Jesús dijo: "Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado" (Mateo 12:37). Tus palabras importan. Tu testimonio cuenta. Tu confesión es el expediente de tu caso.

Ahora, así es como lo presentas. Declara tu derecho de pacto. Ejemplo: Padre, según 1 Pedro 2:24, por sus llagas fui sanado. Aplica la sangre. Di: Alego la sangre de Jesús sobre este cuerpo, sobre esta situación. La sangre es tu prueba de pago total. Haz tu confesión. Creo que recibo mi sanidad ahora. La tomo. Es mía. Esa es tu declaración legal en el tribunal del cielo. La acción de gracias sella el caso. Filipenses 4:6 dice: "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias." No sigues rogando, le das gracias. El veredicto es a tu favor.

Recuerdo que, como joven predicador, me arrodillaba en el altar y oraba estas mismas escrituras una y otra vez. Decía: "Padre, te doy gracias". Efesios 1 dice: "Tú me das el espíritu de sabiduría y revelación". Lo oré para mí mismo cientos de veces, miles de veces, y luego la revelación comenzó a fluir. ¿Qué estaba haciendo? Presentando mi caso, alegando el pacto, permaneciendo ante el trono hasta que la evidencia obró en mi espíritu. Escúchame con atención. No ganas con la emoción. Ganas con la evidencia. No ganas llorando. Ganas citando la Palabra. No ganas rogando. Ganas creyendo. Y el creer se expresa hablando. "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos" (2 Corintios 4:13).

Ahora di esto conmigo: Padre, vengo confiadamente. Presento la Palabra como mi evidencia. Alego la sangre como mi cobertura. Hago mi confesión mi declaración. Te agradezco ahora por el veredicto a mi favor. Aleluya. Así es como presentas tu caso ante el juez.

Ahora debemos pasar de rogar a presentar el caso legalmente con valentía. Demasiados hijos de Dios oran como mendigos a la puerta, esperando que caiga una migaja de la mesa. Pero tú no eres un mendigo. Eres un hijo. Eres una hija. Eres heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8:17). Dilo: No soy un mendigo. Soy un hijo. No estoy fuera de la puerta. Estoy sentado a la mesa. No estoy alegando pobreza. Estoy alegando el pacto. El Señor dijo en Isaías 43:26: "Hazme recordar, entremos en juicio juntamente". Presentar tu caso no es quejarse. Presentar un caso no es rogar. Significa presentar legalmente tus derechos bajo el pacto. Significa que te presentas ante el juez y dices: "Padre, tu Palabra dice... Padre, tu pacto declara... Padre, la sangre lo ha asegurado". Eso es presentar tu caso con denuedo.

Rogar dice: "Señor, por favor, si quieres, algún día, de alguna manera". Presentar tu caso con denuedo dice: "Padre, en el nombre de Jesús, escrito está". El ruego espera. Presentar el caso es saber con certeza. Rogar mira hacia el futuro. Presentar el caso lo toma ahora. Jesús dijo en Marcos 11:24 NVI: "Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración y lo obtendrán". ¿Acaso dijo: "Crean que lo obtendrán algún día"? No. Dijo: "Crean que ya han recibido [ahora]".

Ahora permíteme darte mi testimonio. Como un joven de 17 años, estaba postrado en cama con un corazón deforme y una enfermedad incurable en la sangre. Durante meses le rogué a Dios: "Señor, por favor sáname, Señor, si es tu voluntad". Y seguí enfermo. Me quedé en ese lecho de muerte. Pero llegó el día en que vi Marcos 11:24. Vi que tenía que creer que lo recibía en ese momento. Cambié mi alegato. Dejé de rogar. Empecé a declarar con valentía: "Padre, creo que recibo sanidad para mi corazón. Creo que recibo sanidad para mi sangre. Creo que lo recibo ahora" y actué como si fuera cierto. Me senté. Me puse de pie. Caminé y fui sanado. Presentar el caso con denuedo, sin rogar, trajo el resultado.

Verán, rogar duda de la voluntad de Dios. Pero la Palabra de Dios es Su voluntad. "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye" (1 Juan 5:14). ¿Cuál es su voluntad? Que por su herida fuisteis sanados (1 Pedro 2:24). Esa es su voluntad. ¿Por qué rogar por lo que ya te ha sido dado? Tómalo, alégalo, recíbelo. Piensa en el hijo pródigo de Lucas 15. Regresó a casa listo para rogar: “Hazme como a uno de tus jornaleros”. Pero el padre no le permitió rogar. Le puso una túnica en la espalda, un anillo en la mano, zapatos en los pies, un festín en la mesa. ¿Por qué? Porque era un hijo. Hijo de Dios, deja de rogar como un sirviente. Empieza a presentar tu caso como un hijo. No te acercas a un amo reacio. Te acercas a un padre de pacto.

Di esto conmigo: No rogaré. Presentaré mi caso con valentía. No me humillaré. Lo recibiré con alegría. No lo pospondré. Lo poseeré ahora. La sanidad es mía. La liberación es mía. La victoria es mía ahora. Aleluya. Levanta tus manos y dale gracias. Los días de rogar han terminado. Los días de suplicar legalmente han comenzado.

Ahora pasemos a esta verdad vital: Tu confesión es tu presentación legal. En un tribunal natural, el caso no se reconoce hasta que el abogado presenta la petición. El juez no puede actuar hasta que se presenten los documentos. En la sala del tribunal del cielo, tu confesión es esa presentación. Hasta que no hablas, no hay nada registrado. Hasta que no declaras, el caso no se ha entablado. Dilo en voz alta: Mi confesión es mi presentación oficial. Mi confesión es mi caso. Mi confesión es mi reclamo.

La Biblia dice en Hebreos 10:23: "Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió." Esa palabra profesión significa confesión. Mantente firme. ¿Por qué? Porque una vez que se presenta el documento, el caso está abierto. No rompas tus propios papeles revirtiendo tu testimonio. Muchos cristianos hacen exactamente eso. Dicen una cosa en el altar pero otra distinta en el consultorio del médico. Archivan fe el domingo, y luego archivan incredulidad el lunes. No desestimes tu propio caso. Mantén firme tu confesión.

Pablo escribió en Hebreos 3:1: "considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús". Jesús es sumo sacerdote de tu confesión. Eso significa que Él toma lo que dices ante el trono de Dios. Si dices: "Por sus llagas soy sanado", Jesús lo presenta. Si dices: "Nunca me curaré", Él no tiene nada que presentar. Si confiesas derrota, no le has dado a tu abogado ninguna evidencia con la que trabajar. Si confiesas victoria, has presentado tu reclamo y el cielo actúa en consecuencia.

Recuerda Romanos 10:9-10: "que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación." La confesión se hace para salvación. La confesión se hace para sanidad. La confesión se hace para liberación. La confesión es cómo presentaste la petición, cómo pusiste el caso en funcionamiento.

Déjame decirte algo de mi propia vida como un niño postrado en cama. Dije durante meses: "Creo que algún día el Señor me va a sanar". Eso no era una confesión de fe. Era una confesión de esperanza. La esperanza es futura. La fe es ahora. Luego un día dije: "Creo que recibo sanidad ahora". Esa fue mi presentación. Esa fue mi confesión. Y desde ese día en adelante, la marea cambió. En cuestión de meses salí caminando libre. ¿Por qué? Porque presenté los documentos en el tribunal del cielo.

Tu confesión es tu presentación continua. Un abogado no presenta un solo papel y desaparece. Él hace un seguimiento. Mantiene el caso activo. Por eso Pablo dijo: "Mantengamos firme la confesión". No una vez, sino continuamente. Cuando surjan los síntomas, presenta de nuevo: "Por sus llagas soy sanado". Cuando el diablo susurre: "Nunca lo lograrás", presenta de nuevo: "Mayor es el que está en mí que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Cuando las finanzas parezcan bajas, presenta de nuevo: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Filipenses 4:19).

Ahora di esto conmigo: Mi confesión es mi presentación oficial. Mantengo firme mi confesión sin vacilar. Jesús es sumo sacerdote de mi confesión. No retiraré mi caso. No desestimaré mi reclamo. Mantendré mis palabras alineadas con la Palabra de Dios hasta que se manifieste el veredicto. Aleluya. Así es como opera la sala de tribunal. Tú hablas, presentas el caso, te mantienes firme y el cielo hace cumplir el veredicto.

Ahora, hijo de Dios, escúchame bien. El veredicto final ya ha sido dictado. No estamos esperando a que el juez se decida. El juicio ya se dictó en la cruz. La sentencia ya se ejecutó en Cristo. El decreto ya fue firmado con su sangre. Aleluya. Juan 19:30 nos dice que cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: "Consumado es". No a medias, no parcialmente hecho, no "continuará", sino consumado. Ese fue el veredicto final. El pecado fue pagado, la enfermedad fue derrotada, la pobreza fue quebrantada, Satanás fue despojado. Y Colosenses 2:15 declara: "y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz." Ese es el veredicto.

Pero pastor, alguien dice: "Si ya se dictó el veredicto, ¿por qué sigo viendo enfermedad? ¿Por qué sigo sintiendo debilidad? ¿Por qué sigo enfrentando escasez?" Porque el diablo es un proscrito derrotado. Está destronado. Pero todavía se resiste. Todavía intenta fanfarronear y engañar para ocupar territorio ilegalmente. Por eso debes hacer cumplir el veredicto. Por eso debes mantener tu posición. Santiago 4:7 dice: "Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros." No "tal vez huya", huirá. ¿Por qué? Porque el veredicto ya está en su contra.

Piensa en un policía. La ley ya está escrita. El veredicto ya está establecido. Pero si un criminal se resiste, ese policía debe hacer cumplir la ley. Él no reescribe la ley. La hace cumplir. No necesitas que Dios apruebe otra ley. No necesitas un nuevo veredicto. Necesitas hacer cumplir el veredicto que ya ha sido emitido. Levantas tu placa: el nombre de Jesús. Presentas tu autoridad: la Palabra de Dios. Declaras la ley: las promesas del pacto, y el diablo tiene que someterse y acatar la orden.

Romanos 8:1 dice: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Eso es parte del veredicto. Sin condenación, sin maldición. Gálatas 3:13 dice: "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición". Eso es parte del veredicto: redimido, liberado, puesto en libertad. Efesios 2:6 dice: "y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús". Eso es parte del veredicto. Sentado en autoridad.

Di esto conmigo: El veredicto ha sido dictado. El juez ha hablado. La sangre lo ha resuelto y establecido. La Palabra lo ha declarado. Satanás está derrotado. Jesús es el Señor y yo soy libre. Gloria a Dios. Cuando surjan los síntomas, recuérdate a ti mismo que el veredicto ya se ha emitido. Cuando la escasez te susurre, recuérdate a ti mismo que el veredicto ya se ha emitido. Cuando el miedo intente atarte, recuérdate a ti mismo que el veredicto ya se ha emitido. No estás orando para ganar. Estás orando desde la victoria. No estás confesando para cambiar el veredicto. Estás confesando para hacer cumplir el veredicto. Levanta tus manos y dale gracias. Padre, te doy gracias. El veredicto es a mi favor. La sanidad es mía. La liberación es mía. La provisión es mía. La victoria es mía. La recibo ahora en el nombre de Jesús. Aleluya.

Ahora llegamos a la declaración de victoria en la oración final. Aquí es donde bajamos el mazo. Donde gritamos el Amén final, donde salimos de la sala de tribunal del cielo con el caso resuelto, el decreto sellado y la victoria nuestra. Aleluya. La Palabra declara en 2 Corintios 2:14: "Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús". ¿Captaste eso? Siempre. No a veces, no de vez en cuando, no "quizás si las circunstancias se alinean", sino que SIEMPRE nos lleva en triunfo. Gloria a Dios. Ese es lenguaje de victoria. Ese es lenguaje de pacto. Ese es lenguaje de tribunal.

1 Juan 5:4 dice: "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". Di: Soy nacido de Dios, venzo al mundo. Mi fe es la victoria. Amén. No peleas por la victoria, peleas desde la victoria. No ruegas por el triunfo, haces valer el triunfo. El veredicto ya ha sido emitido y tú sales llevando el decreto. La victoria me pertenece a través de Jesucristo.

Ahora hagamos nuestra declaración juntos. Di esto con valentía desde tu espíritu: Padre, te doy gracias. El tribunal del cielo ha fallado a mi favor. La sangre de Jesús habla mejores cosas sobre mi vida (Hebreos 12:24). Soy redimido de la maldición (Gálatas 3:13). Soy sanado por sus llagas (1 Pedro 2:24). Estoy sentado con Cristo en los lugares celestiales (Efesios 2:6). Resisto al diablo y él huye de mí (Santiago 4:7). Camino en victoria continua mediante la fe en la Palabra de Dios. Gloria a Dios.

Levanta tus manos y comienza a agradecerle. Padre, te damos alabanza. Te damos gloria. Te agradecemos que el tribunal no está en nuestra contra. Está a nuestro favor. El juez es nuestro Padre. El abogado es nuestro Salvador. La evidencia es la Palabra. El veredicto es nuestra victoria. Aleluya al Cordero por siempre.

Y ahora, Señor, sellamos este caso con acción de gracias. Gritamos de gozo por anticipado como cuando cayeron los muros de Jericó. Nos regocijamos por anticipado como Pablo y Silas cantaron a medianoche. Actuamos como si estuviera hecho porque ya está hecho. Y declaramos esta noche ante el cielo y la tierra, ante ángeles y demonios, ante todo principado y potestad: Jesús es el Señor. La sangre ha prevalecido. La Palabra ha triunfado y yo camino en victoria. Ahora, grítalo una vez más: ¡Tengo la victoria! Dilo de nuevo: ¡Tengo la victoria! Una vez más para que el diablo lo escuche: ¡Tengo la victoria en el nombre de Jesús! Amén, amén y amén. La gloria sea para Dios eternamente y para siempre.

 

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