El amor es un fruto del Espíritu que nos enseña a vivir. De Kenneth Hagin
La Palabra de Dios nos
dice en Gálatas 5:22-23 que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Noten que el
amor se menciona en primer lugar, y esto no es casualidad. El amor encabeza la
lista porque es el fundamento sobre el cual crecen todos los demás frutos; todo
otro fruto, ya sea el gozo, la paz o la paciencia, fluye del amor. Sin el amor,
el resto no puede florecer. En el momento mismo en que naciste de nuevo, el
amor de Dios fue derramado en tu corazón por el Espíritu Santo. Esto significa
que el tipo de amor de Dios ya está en ti; no tienes que orar para que baje del
cielo, no tienes que esperar a que llegue algún sentimiento emocional. Está
ahí, en lo profundo de tu espíritu, porque el Espíritu de Dios mismo vive en
ti.
Tú tienes la capacidad de
amar como Dios ama, pero ese amor debe ser desarrollado.
El fruto del Espíritu no aparece en plena floración de la noche a la mañana.
Así como el fruto natural crece de una semilla, el fruto del Espíritu crece a
medida que alimentas tu espíritu con la Palabra de Dios y te rindes al Espíritu
Santo en la vida diaria. Veras, el crecimiento espiritual no viene solo por
orar, viene por practicar la Palabra. El amor debe ser practicado; cuanto más
camines en amor, más fuerte se vuelve ese fruto.
Ahora bien, este amor del
que hablamos no es el amor humano natural, el amor humano es egoísta, ama solo
a quienes le corresponden y se basa en emociones y circunstancias. Pero el amor
divino, el amor de Dios, ama a pesar de todo; es inmutable, firme y es el amor
que perdona incluso cuando nos hacen daño, que bendice aun cuando se nos maldice
y que se extiende incluso cuando es rechazado. Ese es el amor que Jesús demostró
colgado en la cruz cuando dijo: "Padre, perdónalos". Este es el mismo
amor que ha sido puesto en tu corazón.
Demasiados creyentes
intentan vivir la vida cristiana con sus propias fuerzas; luchan por caminar en
paz, por mantener su gozo o por perdonar a otros, pero todo el tiempo están descuidando
la clave principal. La clave es el amor. Cuando el amor domina, todo lo demás cae
en su lugar. No tendrás que intentar estar gozoso, porque el amor producirá
gozo; no tendrás que luchar por paz, porque el amor traerá paz; y no tendrás
que luchar para perdonar, porque el amor hará que el perdón sea algo natural.
Cuando permites que el
amor te guíe, te conviertes en una vasija de la naturaleza de Dios en la
tierra. Eso es lo que el mundo necesita ver: no otro sermón, no otro argumento,
sino la demostración del amor divino en acción; un amor que da, un amor que perdura,
un amor que se niega a ofenderse, un amor que ve más allá de las faltas y
fracasos, directo hacia el corazón de la persona.
El Espíritu Santo dentro
de ti está listo para cultivar este amor, pero no te forzará; debes elegir ceder
o rendirte. Debes elegir que el amor gobierne tus pensamientos, tus palabras y
tus acciones. Cuando un compañero de trabajo te hable
con dureza, responde con amor; cuando alguien te traicione, elige bendecirlo en
lugar de maldecirlo. Eso no es debilidad, es fortaleza; es el poder del
Espíritu trabajando en ti.
Caminar en amor es
caminar en victoria. El diablo no puede derrotar a un creyente que camina en
amor porque el amor nunca deja de ser. La contienda, la
amargura y la ofensa son herramientas que él usa para robarte la fe, pero el
amor cierra cada puerta que él intenta abrir. La fe obra por el amor, y sin
amor, la fe queda paralizada. Es por eso el enemigo lucha tanto por meter a
los creyentes en división y enojo, porque sabe que si puede destruir el amor,
puede detener que la fe obre.
Pero cuando el amor
domina, la fe florece, las oraciones obtienen respuesta, la unción fluye
libremente y la presencia de Dios se vuelve tangible en tu vida.
El amor atrae la atmósfera del cielo a tu hogar, a tu iglesia y a tu lugar de
trabajo.
Así que hazlo tu meta, no
solo hablar del amor, sino vivirlo, practicarlo y permitir que gobierne cada
parte de tu vida. Permite que el amor sea la fuerza impulsora de tus palabras, de
tus decisiones, de tus relaciones; permite que sea el fruto que te identifique
como hijo de Dios.
El amor es el fruto
primero y fundamental del Espíritu del cual fluyen los demás frutos. Cuando el
apóstol Pablo enumeró el fruto del Espíritu en Gálatas 5:22 comenzó con el amor
por una razón divina. El amor no es solo un fruto entre muchos, es la raíz de
donde los otros crecen. Sin el amor, no hay gozo real ni paz duradera, no hay
paciencia genuina, ni fidelidad perdurable. Todo lo que Dios hace, cada acción
que toma y cada bendición que da nace de Su naturaleza de amor. Dios es amor, y
porque somos Sus hijos, esa misma naturaleza nos ha sido impartida a través del
Espíritu Santo.
En el momento en que naciste
de nuevo, El amor entró en ti. Ahora es el núcleo de quién eres en Cristo. Pero
como el fruto de un árbol, debe crecer y desarrollarse hasta alcanzar su
plenitud mediante el alimento de la Palabra y rindiendo tu corazón al Espíritu.
El amor es la tierra en
la que los otros frutos echan raíz. El gozo florece cuando el amor está
presente porque el amor se regocija en la verdad. La paz fluye donde el amor
reina porque el amor se niega a albergar contienda o resentimiento. La
paciencia florece en el amor porque el amor está dispuesto a perdurar y a
soportar todas las cosas sin queja. La benignidad (amabilidad) y la bondad se
expresan como la obra externa del amor hacia los demás. La fe obra por el amor
y sin amor la fe se vuelve impotente. La mansedumbre y la templanza son el
resultado natural de un corazón gobernado por el amor, porque el amor no busca
lo suyo y se mantiene bajo control.
Cuando entiendas que todo
el fruto del Espíritu son simplemente diferentes expresiones del amor,
comenzarás a ver por qué el amor debe ir primero y por qué no puede ser
sustituido por ninguna otra cosa. En el mundo natural, un árbol no puede
producir fruto sin raíces. Lo más profundas sean las raíces, lo más fuerte que es
el árbol y más dulce el fruto. De la misma manera, el creyente que está
arraigado y cimentado en amor llevará fruto que permanece.
El amor estabiliza tu
espíritu. Ancla tu caminar con Dios y da fuerza a tu fe. Cuando vienen las
tormentas, el amor te mantiene firme. Cuando surgen las ofensas, el amor evita
que caigas en amargura. El amor es la fuerza divina que te permite mantenerte fuerte
cuando todo a tu alrededor parece incierto. Es la corriente invisible del
Espíritu que sostiene la vida de Dios dentro de ti y hace posible el fruto
espiritual. Cuando el amor está ausente, el crecimiento espiritual se ve
obstaculizado. Puedes tener conocimiento de la Palabra. Puedes tener
dones y talentos. Pero sin amor, están vacíos.
El amor es el motivo
detrás de cada obra verdadera del Espíritu. Es lo que da valor a tu fe y poder
a tus oraciones. Es por eso que la Palabra instruye a los creyentes a perseguir
el amor sobre todo lo demás. Lo más caminas en amor, lo más que tu vida se
alinea con el corazón de Dios y lo más comenzarán a manifestarse naturalmente
los otros frutos del Espíritu. El amor de Dios ya está en el corazón de cada
creyente a través del Espíritu Santo.
Cuando una persona nace
de nuevo, la vida y naturaleza mismas de Dios son impartidas a su espíritu.
Romanos 5:5 declara que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Eso significa que el amor
de Dios no es algo que estás tratando de conseguir. Es algo que ya tienes. No
es un sentimiento que viene y va con las circunstancias, ni es algo que crece
del esfuerzo humano o la fuerza de voluntad. Es divino, sobrenatural y eterno
porque es la esencia misma de Dios viviendo dentro de ti.
Cuando el Espíritu de
Dios vino a morar dentro de ti, trajo consigo la plena capacidad del amor de
Dios. Ese amor reside en tu espíritu recreado, esperando que lo reconozcas y le
permitas fluir en cada área de tu vida.
Muchos creyentes oran por
más amor, sin darse cuenta de que ya tienen todo el amor que jamás necesitarán.
Lo que deben hacer es aprender a liberarlo. Así como una semilla contiene
dentro de sí el potencial para el crecimiento y el fruto, el amor de Dios
dentro de tu corazón debe ser cultivado y expresado a través de tus acciones.
No es una cuestión de
sentir amor, sino de actuar en amor. El Espíritu Santo te
está impulsando constantemente a caminar en ese amor. Incluso en momentos en
que tu carne quiere reaccionar de manera diferente. La decisión de ceder o
rendirte al Espíritu y no a la carne es lo que causa que ese amor surja. Cuanto
más obedeces esos impulsos internos, más fuerte y evidente se vuelve ese amor.
Comienza a dar forma a tus pensamientos, a tus palabras y a tus respuestas
hasta que caminar en amor se convierte en tu forma natural de vida.
Este amor divino es mucho
más grande que el amor humano. El amor humano puede ser condicional, limitado
por la emoción y fácilmente ofendido. Pero el amor de Dios que mora en tu
corazón es incondicional e inmutable. No depende de cómo te traten los demás o
de cómo parezcan las situaciones. Fluye de una fuente superior, del Espíritu de
Dios dentro de ti.
Cuando enfrentas a
personas que son difíciles de amar, puedes recurrir a ese reservorio interno.
Puedes elegir responder con amabilidad y paciencia, no debido a tu propia
fuerza, sino porque el espíritu de amor te está empoderando para hacerlo así.
Este amor perdona rápidamente, soporta pacientemente, cree lo mejor y perdura a
través de cada desafío. Es el amor que se niega a fallar porque es nacido de
Dios.
Cuando reconoces que el
amor de Dios ya está dentro de ti, cambia la forma en que vives. Dejas de
esforzarte por fabricar amor a través del esfuerzo y, en cambio, comienzas a
liberarlo a través de la fe. Dejas de decir "no puedo amarlos" y comienzas
a declarar "el amor de Dios en mí sí puede". Te vuelves consciente de
que el Espíritu que mora dentro de ti está supliendo constantemente ese amor
divino para enfrentar cada situación que encuentres.
El amor divino no se basa
en la emoción, sino en la elección y en la naturaleza de Dios dentro de
nosotros. La clase de amor de Dios opera en un plano superior a los
sentimientos humanos. El amor humano depende de cómo actúa alguien, cómo
resultan las situaciones o cómo fluctúan las emociones. Pero el amor divino
fluye de una decisión de la voluntad. Es una elección de obedecer la Palabra de
Dios independientemente de los sentimientos personales. Cuando la Biblia
nos manda amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer
bien a los que nos maltratan, no está apelando a nuestras emociones. Está
llamando a la naturaleza divina dentro de nosotros para que tome el liderazgo.
En el momento en que
eliges actuar en amor, estás cediendo o rindiéndote al Espíritu de Dios. Estás
permitiendo que Su naturaleza domine tu mente y tu comportamiento. Por eso este
amor puede bendecir a los que persiguen y perdonar a los que te hacen mal. No
es humano. Es divino.
El amor es el carácter
mismo de Dios. Todo lo que Él hace fluye del amor, no de la emoción o la
reacción. Cuando Jesús caminó sobre la tierra, fue movido por
la compasión. Pero la compasión no es una emoción. Es amor en acción. Él
sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, perdonó a los pecadores y
resucitó a los muertos porque el amor lo impulsó e inspiró a actuar. Ese mismo
amor ha sido impartido al creyente a través del nuevo nacimiento. Tienes dentro
de ti la habilidad de responder como Jesús respondió, de caminar como Él
caminó, porque Su Espíritu vive en ti.
El amor, entonces,
no es algo que intentas sentir. Es algo que decides vivir.
Los sentimientos pueden seguir, pero no lideran. Cuando dejas que el amor de
Dios dirija tus decisiones, encontrarás que las emociones eventualmente se
alinean con la decisión que tu espíritu ya ha tomado. Esta clase de amor no
siempre se sentirá cómoda. A menudo irá en contra del instinto natural de tomar
represalias, discutir o defenderte a ti mismo. Pero cada vez que eliges el
amor, fortaleces tu espíritu y debilitas la carne. El amor es paciente
cuando la carne quiere apresurarse. El amor es gentil cuando el orgullo quiere
probar un punto. El amor perdona cuando la mente quiere recordar cada agravio.
Caminar en amor divino no
es debilidad. Es fortaleza bajo control. Requiere madurez
espiritual elegir el amor ante la ofensa, bendecir cuando eres agraviado y
permanecer sereno cuando otros te provocan. Pero cada vez que actúas en
amor, estás permitiendo que la naturaleza de Dios gobierne en lugar de tus
emociones. Cuanto más haces esto, más arraigado y cimentado te vuelves en el
amor, y menos control tiene la carne sobre tu vida.
El amor divino de Dios es
firme e inmutable. No fluctúa basado en las opiniones de otros o las presiones
de la vida. Permanece constante porque está anclado en la naturaleza misma de
Dios. Cuando este amor gobierna tu corazón, no eres sacudido por la ofensa, la
manipulación o el miedo. Caminas en libertad porque el amor echa fuera el
temor. Y vives en victoria porque el amor nunca deja de ser. Caminar en amor
mantiene la fe fuerte y cierra la puerta al enemigo.
La fe y el amor son
inseparables. Trabajan mano a mano. La Biblia declara que la fe obra por el
amor, lo que significa que el amor es el poder que le da a la fe su efectividad
y eficacia. Sin amor, la fe se vuelve impotente e improductiva.
Muchos creyentes luchan
por ver resultados en sus oraciones o en su caminar de fe porque han permitido
que la amargura, la ofensa o la falta de perdón se cuelen en sus corazones.
Estas cosas ahogan el flujo del amor divino y, cuando el amor es estorbado, la
fe no puede funcionar como debería. La fe opera en la
atmósfera del amor y el amor mantiene el corazón abierto, puro y sensible al
Espíritu de Dios. Cuando el amor gobierna, la fe se vuelve viva y
activa porque el amor mantiene la conexión espiritual clara y sin estorbos.
El enemigo conoce bien
esta verdad y es por eso que constantemente trata de provocar contienda, ofensa
y división entre los creyentes. Él sabe que si puede sacarte del amor, puede
detener el funcionamiento de tu fe. En el momento en que sales del amor,
entras en su territorio. La contienda abre la puerta a la confusión, la
duda y la derrota. Pero el amor cierra esa puerta con fuerza. Caminar en amor
es una de las defensas más poderosas contra los ataques del enemigo. El amor se
niega a guardar rencor. El amor se niega a pagar mal por mal. El amor se niega
a ofenderse.
Cuando caminas en amor,
estás caminando en la luz. Y el enemigo no puede operar en la luz. La oscuridad
no puede vencer a la luz. Y Satanás no puede tocar a un creyente que permanece
en amor porque el amor es la atmósfera de la presencia de Dios.
La fe prospera y florece
en un ambiente donde el amor está activo. Cuando tu corazón está limpio y
libre de resentimiento, tus oraciones fluyen libremente, tu confesión de fe
conlleva poder y tu espíritu permanece fuerte. El amor te mantiene sensible
a los impulsos del Espíritu Santo para que puedas escuchar Su voz claramente y
seguir Su guía.
Cuando el amor gobierna
tu vida, incluso en situaciones difíciles, encuentras que la paz y la confianza
reemplazan la preocupación y el miedo. Sabes que tu fe
funcionará porque tu corazón está correcto delante de Dios. Es por eso que la
Palabra nos dice que guardemos nuestro corazón con toda diligencia, porque de
él mana la vida. Mantener tu corazón en amor es la clave para mantener tu fe
viva.
Cuando el amor domina,
produce gozo, paz y victoria en cada área de la vida. El amor es la atmósfera
en la cual el poder de Dios fluye sin obstáculos. Cuando eliges caminar en
amor, estás eligiendo alinearte con la naturaleza misma de Dios. Y esa
alineación trae estabilidad, armonía y bendición a tu vida.
El amor trae gozo porque
el amor mira más allá de las circunstancias y se enfoca en la bondad de Dios.
Incluso en tiempos de prueba, el amor se niega a ceder a la desesperación. Se
regocija en el Señor sabiendo que Él es fiel. El amor trae paz porque no contiende,
no compite y no alberga resentimiento. Un corazón lleno de amor permanece
calmado en medio de la tormenta. No reacciona a cada ofensa ni se deja
arrastrar a cada discusión. Permanece firme porque el amor ancla el alma en
la seguridad de la presencia y el cuidado de Dios.
Cuando el amor gobierna
el corazón, la victoria se convierte en un resultado natural. El amor conquista
(vence) el temor, y el temor es la fuerza que derrota a muchos creyentes antes
de que siquiera comiencen. El perfecto amor echa fuera el temor
porque da confianza en las promesas de Dios y en Su carácter. Cuando sabes que
Dios te ama y que Su amor está operando a través de ti, la preocupación pierde
su control. Tú puedes enfrentar los desafíos con valentía, sabiendo que el amor
nunca falla. Incluso cuando las cosas parecen ir mal, el amor mantiene tu fe
viva y tu corazón seguro.
La persona que camina en
amor no puede ser sacudida fácilmente porque el amor produce fuerza espiritual
y resistencia. Te impide ser movido por la ofensa, la decepción o la oposición.
Te elevas por encima de las circunstancias en lugar de ser aplastado por ellas
porque el amor de Dios dentro de ti te empodera para ver desde Su perspectiva.
El amor también produce
unidad y armonía en las relaciones, lo cual abre la puerta para que se
manifiesten las bendiciones de Dios. Donde hay amor, hay
paz. Y donde hay paz, el Espíritu de Dios puede moverse libremente. La
contienda y la división estorban Su poder, pero el amor crea un ambiente donde
Su presencia puede morar ricamente.
El amor perdona
rápidamente, cree lo mejor de los demás y se niega a tomar ofensa. Esa clase
de amor desarma al enemigo y construye puentes donde antes había muros. Une
a las personas y permite que la luz de Cristo brille a través de cada palabra y
acción. En esa atmósfera, el gozo se desborda, la paz reina y la victoria se
hace visible en cada área de la vida.
Cuando el amor es la
fuerza gobernante, incluso las pruebas se convierten en oportunidades para
demostrar la naturaleza de Dios. El amor responde con paciencia cuando es
probado, con bondad cuando es maltratado y con fe cuando es tentado a dudar. No
es débil ni pasivo. Es la mayor fortaleza del creyente porque refleja el
corazón mismo de Dios. Cuando el amor domina tu vida, cambia tu
perspectiva, tus reacciones y tus expectativas. Libera el gozo que te mantiene
fuerte, la paz que guarda tu corazón y la victoria que vence al mundo.
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