DE GRACIA RECIBIMOS, DE GRACIA DAMOS
MATEO 10:8

domingo, 3 de diciembre de 2017

Relación entre la autoridad del creyente y la oración. Fragmento de "Una asociación poderosa" de Ken Petty



LA VARA DE MOISÉS – EJERCITANDO AUTORIDAD


Un estudio sobre Moisés nos revela la manera de andar con este poder y autoridad.

Éxodo 4:17:
Y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás las señales.

Dios le dio a Moisés la vara o bordón para que pudiese hacer las señales. Moisés hizo grandes señales a través del poder de Dios y con esas señales realizó la liberación del pueblo de Israel de las manos del Faraón. Pero poco tiempo después de que el pueblo saliese de Egipto, el faraón mudó de idea y mandó a su ejército para devolverlos a la esclavitud. Enfrente del pueblo de Israel se encontraba el Mar Rojo, por detrás de ellos los egipcios, y tanto a izquierda como a derecha infranqueables montañas. Se encontraban en una situación y con un problema insoluble a los cinco sentidos.

Éxodo 14:13 y 14:
Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes y ved la salvación que Jehová          hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para        siempre los veréis.
Y Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.

Moisés le pidió al pueblo que se mantuviese firme y que viese el poder y la obra que Dios iba a realizar para ellos. Aparentemente esto suena a grandes palabras de creencia. Pero vamos a ver el punto de vista de Dios y lo que dice a este respecto.

Versículos 15 y 16:
Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que      marchen.
Y tu, alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco.

Dios le recordó a Moisés que ya le había dado la vara o bordón para hacer las señales. Dios le dijo a Moisés: “! Úsalo! Agarra ese bordón con tu mano y divide el mar. ¿Porqué me preguntas a mí para que haga algo si yo ya te he dado toda la autoridad y puedes ejercitarla?” John G. Lake, Un evangelista que ejecutó muchos milagros en África del Sur y en los Estados Unidos a principios del siglo 20, hizo la siguiente observación con respecto a este versículo:

            Moisés tuvo una entrevista con el Señor enfrente de la zarza ardiente, y    Dios claramente mandó a Moisés que fuese al Faraón en Egipto para demandarle la liberación de los hijos de Israel. Dios le dio la señal de Su Presencia con él: su bordón de pastor. Todos los milagros que se siguieron hicieron que finalmente aquella demanda se realizase, y los hijos de Israel recibiesen el permiso de parte        del rey para partir a la tierra prometida.
            Ellos estaban a la orilla de Mar Rojo cuando el corazón del Faraón se volvió atrás y se arrepintió de su decisión, a mi me parece que su idea fue pensar que había cometido una locura. El se estaba perdiendo el servicio de dos millones y medio, o probablemente cuatro millones de esclavos. En su intento de recuperar lo que había perdido, los persiguió con su ejército. En ese mismo momento Moisés había llegado al Mar Rojo. Tanto a un lado como a otro se encontraban  montañas sin pasajes, y el ejército del Faraón por detrás de él.
            La situación desde el punto de vista natural era insoluble y desesperada, y         si existe alguna circunstancia aparente en que cualquier hombre clame   justamente a Dios en oración, sin duda que era aquella. Pero quiero remarcar  esta noche una de las cosas que considero que están por detrás de nuestra vida  para Dios. La mayoría de nosotros haría exactamente lo mismo que hizo Moisés.  Cuando llega la prueba nos paramos y lloramos, y a seguir paramos y oramos y tomamos una postura en la cual somos sujetos a la misma reprensión que vino  sobre Moisés.
            Moisés se paró firme en oración. No se nos dice cuanto tiempo estuvo           orando, ni lo que profirió en aquella oración, pero en vez de Dios serle propicio, se ofendió, le reprendió, y le hizo ver lo siguiente: “¿PORQUÉ CLAMAS A MÍ? DI A LOS HIJOS DE ISRAEL QUE MARCHEN”...
            Dios no le dijo, extiende tu mano, y Yo dividiré el mar. Sino que le dijo   Extiende tu mano sobre el mar y divídelo.No era algo que le compitiese a Dios  hacer, sino que era una acción que le competía a Moisés creer. La responsabilidad no era de Dios, sino de Moisés. Una Cristiandad pobre está   siempre inclinada a quejarse en oración, mientras que Dios espera que sea el      creyente quien ordene la acción.
            A mi juicio, esta es una de las debilidades que tiene el carácter de muchos         cristianos. Me parece que muy frecuentemente la oración no es más que una excusa y un refugio para no actuar con creencia. Y exactamente igual que cuando Moisés se puso a orar en vez de honrar la Palabra que Dios le dio, usando su bordón, muchas veces nuestras oraciones son una ofensa para Dios, porque en vez de orar como hizo Moisés, Dios nos demanda que extendamos nuestra mano, y que ejercitando nuestro bordón de creencia dividamos las aguas.
            En muchos aspectos me parece que esta es la más poderosa lección que la           Palabra de Dios contiene con respecto a la oración y a la creencia.

Cuando estamos en sociedad con Dios y atendemos Su voz, entenderemos y sabremos cuando es tiempo de oración y cuando no. Cuando es tiempo de actuar y no de orar, la oración no deja de ser meramente una observancia religiosa.
Moisés aprendió bien esta lección. Permítame mostrarle un par de acontecimientos que se sucedieron poco tiempo después de los eventos en el Mar Rojo.

Éxodo 17:1-13:
Toda la congregación de los hijos d Israel partió del desierto de Sin por sus          jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no     había agua para que el pueblo bebiese.
Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos. Y       Moisés les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová?
Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos    hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos, y a        nuestros ganados?
Entonces clamó moisés a Jehová diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a            un poco me apedrearán.
Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos       de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río y ve.
He aquí que yo estaré delante de ti sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y          saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los       ancianos de Israel.
Y llamó el nombre de aquel lugar Masha y Meriba, por la rencilla de los hijos de         Israel, y porque tentaron a Jehová diciendo: ¿Está ahora Jehová entre nosotros, o    no?
Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim.
Y dijo Moisés a Josué: escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec; mañana         yo estaré sobre la cumbre del collado, y la vara de Dios en mi mano.
E hizo Josué como le dijo Moisés, peleando contra Amalec; y Moisés y Aarón y        Hur subieron a la cumbre del collado.
Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; más cuando el      bajaba su mano, prevalecía Amalec.
Y las manos de Moisés se cansaban; por lo que tomaron una piedra, y la pusieron       debajo de él, y se sentó sobre ella; y Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de      un lado y el otro de otro; así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol.
Y Josué deshizo a Amalec y a su pueblo a filo de espada.

Moisés no oró por agua para el pueblo, ni tampoco por la victoria sobre Amalec. Simplemente utilizó el bordón que Dios le había dado. El bordón estaba en su mano. En cuanto Moisés con la ayuda de Aarón y de Hur sostenía levantado su bordón, Israel prevalecía en la batalla. Ha habido muchos que han cometido el error de enseñar que el bordón de Moisés representaba las oraciones que Moisés dirigía a Dios. El bordón de Moisés, sin embargo, lo que simbolizaba era la autoridad que Dios le había transferido.


RELACIÓN DE ACCIONES CORRECTAS Y ACCIONES ERRADAS


Después de la muerte de Moisés, Dios le dijo a Josué que era tiempo de tomar acción.

Josué 1:1-3
Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a          Josué hijo de Nun, servidor de Moisés diciendo:
Mi siervo Moisés ha muerto, ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel.
Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta           de vuestro pie.

Dios no solamente expulsó a los habitantes de Canán. Josué estaba en sociedad con Dios. Tenía que comenzar a actuar. Si Josué hubiese permanecido a espera que Dios lo hiciese, nunca se podría haber llevado a cabo la labor. Josué y los hijos de Israel fueron instruidos a marchar y a tomar la tierra, Tendrían que pelear contra los Cananitas pero Dios permanecería de su lado para darles la victoria.
Es de vital importancia que entendamos el tipo de naturaleza que poseemos en nuestra sociedad con Dios. Si nuestra intención es llevar a cabo el trabajo que le pertenece a Dios, los resultados serán sin frutos e incluso desastrosos. Consideremos ahora lo que sucedió cuando los hijos de Israel, después de reconocer su fracaso por no haber entrado en la tierra prometida, intentaron hacer exactamente lo contrario de aquello que Dios les había revelado.

Números 14:40-45:
Y se levantaron por la mañana y subieron a la cumbre del monte, diciendo, henos            aquí para subir al lugar del cual ha hablado Jehová; porque hemos pecado.
Y dijo Moisés: ¿Por qué quebrantáis el mandamiento de Jehová? Esto tampoco os   saldrá bien.
No subáis, porque Jehová no está en medio de vosotros, no seáis heridos delante          de vuestros enemigos.
Porque el amalecita, y el cananeo están allí delante de vosotros, y caeréis a  espada; pues por cuanto os habéis negado seguir a Jehová, por eso no estará  Jehová con vosotros.
Sin embargo, se obstinaron en subir a la cima del monte; pero el arca del pacto de        Jehová, y Moisés, no se apartaron de en medio del campamento.
Y descendieron el amalecita y el cananeo que habitaban en aquel monte, y los     hirieron y los derrotaron, persiguiéndolos hasta Horma.

Ellos actuaron de una manera agresiva, pero completamente independiente de Dios. Por eso, ellos, sufrieron un gran desaire y derrota. No podemos tener éxito cuando intentamos llevar a cabo el trabajo que le compite a Dios. Pero si esperamos que Dios realice el trabajo que nos ha confiado a nosotros, Dios no podrá hacer cumplir Sus  propósitos.


DIOS NECESITA LLEVAR A CABO SU PROPÓSITO EN CONJUNCIÓN CON EL HOMBRE

Dios está limitado a lo que nosotros realizamos. Un ejemplo que nos ilustra claramente este principio se encuentra en el libro de Ezequiel.

Ezequiel 22:30 y 31:
Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha           delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese y no lo hallé.
Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice   volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor.

Cuando Ezequiel escribió este relato, la tierra de Judá había sido devastada por el ejército de Babilonia y la capital Jerusalén hecha ruinas. Dios declaró que si Él hubiese podido encontrar un hombre que se mantuviese firme por la tierra de Judá en la brecha, la destrucción hubiese sido evitada. Pero, ¿Será que no puede llevar Dios a cabo lo que le place? Ciertamente que puede, y ha determinado que el hombre tenga el dominio sobre la tierra y que trabaje en sociedad con El. Dios decidió que no se llevarían a cabo Sus propósitos sobre la tierra sin la colaboración del hombre. Dios nunca ha mudado el designio original que puso en el hombre. Hasta que Su juicio sobre la naturaleza pecaminosa del hombre sea ejecutado nunca va a mudarlo.

Hechos 17:31
Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por    aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberlo levantado de los          muertos.

Romanos 2:16:
En el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres,          conforme a mi evangelio.

Vamos a ver ahora un registro de Saúl, el primer rey en Israel. Dios escogió a Saúl, y en el principio de su reinado el anduvo en armonía con Dios.

1ª Samuel 10:6 y 7:
Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder y profetizaras con ellos,             y serás mudado en otro hombre.
Y cuando te hayan sucedido estas señales, haz lo que te viniere a la mano, porque          Dios está contigo.

La New King James Versión traduce la segunda parte de este versículo 7: “... haz conforme demande la ocasión.” Y la New Revised Standard Versión: “... haz aquello que veas necesario hacer.” Dios le dijo a Saúl que llevase a cabo su labor, y que Dios estaría entonces con él. Dios hizo una sociedad con Saúl. E hizo lo mismo con Elías.

1ª Reyes 17:1:
Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en      estos años, sino por mi palabra.

¡Que gran declaración! Elías le dijo a Acab que no habría lluvia hasta que él lo dijese. Y no hubo lluvia hasta que Elías lo mandó. ¿Se imagina a un hombre clamando para que no llueva y que ordene y controle el clima? Elías pudo declarar esto porque sabía que Dios decidió darle ese dominio. Posteriormente aparecería un hombre que también ejercitó este dominio sobre el clima.

Mateo 8:24-27:
Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca, pero él dormía.
Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que          perecemos!
El les dijo: ¿Por qué teméis hombres de poca fe? Entonces, levantándose,          reprendió al viento y al mar: Y se hizo grande bonanza.
Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es este, que aun los          vientos y el mar le obedecen?

Observe que él no se puso a orar a Dios ni a preguntarle si podía calmar al viento y al mar. Jesús simplemente los reprendió directamente. Actuó con la autoridad que Dios le había otorgado. Por supuesto, nadie puede llegar a este punto sin una estrecha asociación con Dios, y eso incluye una vida íntima de oración con el Padre. Ya hemos leído anteriormente la verdad inserida en Juan 14:12 donde Jesús dice que todos aquellos que creyesen en él harían las mismas obras que él hizo. ¿Podremos nosotros reprender al viento y al mar en una gran tempestad y esperar que se calmen? Si creemos que somos lo que Dios nos dice y la autoridad y el dominio que se nos ha dado, claro que podemos. Siglos antes de Cristo, Elías también ejerció su dominio sobre el clima.

1ª Reyes 18:36:
Cuando llegó la hora de ofrecerse el holocausto, se acercó el profeta Elías y dijo: Jehová Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios      en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho yo todas estas           cosas.

Las palabras “estas cosas” incluían no solamente el holocausto sino también su declaración de que no llovería “sino por mi palabra”. Y ahora declara que ha hecho todas estas cosas “por mandato tuyo” o “de acuerdo a tu Palabra” como dice en otras traducciones. La prolongada sequía que hubo en Israel no fue algo que Elías sacase de su propia imaginación. Elías estaba estrechamente ligado con Dios en una sociedad. Sabía cuál era la voluntad de Dios, y ordenó que sucediese.


ORACIÓN Y DOMINIO


Santiago 5:17 y 18
Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente         para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.
Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.

Esto quiere decir que si Elías no hubiese orado fervientemente para que no hubiese lluvia en esos tres años y medio, la lluvia hubiese caído durante ese mismo tiempo. Recordemos que Elías le dijo a Acab que la sequía permanecería de acuerdo a su palabra. El hizo esta declaración en perfecta armonía y conjunción con Dios. Y cuando Elías lo dijo tres años y medio después volvió la lluvia. Además, tenemos que tener en cuenta y se nos dice que Elías era un hombre con las mismas fragilidades y sentimientos humanos que nosotros. Estaba sujeto a los mismos temores y dudas que nosotros. Pudo pensar que la tarea que se le dio era demasiado grande para él. Y lo era. Pero Elías estaba en sociedad y comunión con Dios. Si Elías no hubiese tenido esa estrecha asociación con Dios, la voluntad de Dios no se podría haber llevado a cabo. Elías oró y actuó por revelación.
¿Por qué es tan necesaria la oración para Dios? ¿Por qué, simplemente, no hace Dios aquello que determina? Porque Dios le ha dado al hombre el dominio sobre la tierra. Orar no es meramente una ocupación. Dios nos ha dado a nosotros autoridad. Algunas veces ejercitaremos esa autoridad preguntándole a Dios si puede hacer algo para respaldarnos. Otras veces la ejercitaremos actuando conforme a la Palabra que nos haya revelado. Debemos pasar tiempo en oración para que cuando la situación lo demande, podamos actuar con toda la autoridad.

1ª Reyes 18:41-46:
Entonces Elías dijo a Acab: Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye
Acab subió a comer y a beber, y Elías subió a la cumbre del Carmelo, y          postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas.
Y dijo a su criado: sube ahora, y mira hacia el mar. Y él subió, y miró, y dijo: No        hay nada. Y él le volvió a decir: Vuelve siete veces.
A la séptima vez dijo: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un            hombre, que sube del mar. Y él dijo: Vé, y dí a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje.
Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y       hubo una gran lluvia. Y subiendo Acab, vino a Jezreel.
Y la mano de Jehová estuvo sobre Elías, el cual ciñó sus lomos, y corrió delante
de Acab hasta llegar a Jezreel.           

A los cinco sentidos no había señal de que fuese a llover. Elías debió recibir una revelación audible de parte de Dios. Entonces fue cuando le declaró al rey que llovería. Debió de estar plenamente persuadido de lo que Dios le había revelado para poder haber hecho esta declaración. Después de esta denodada declaración, Elías se puso en la cumbre del Monte Carmelo, se postró y puso su faz entre sus rodillas. Esto coincide con el libro de Santiago y su registro de que Elías oró para que lloviese. Después, siete veces envió a su siervo para que mirase al cielo buscando nubes, y seis veces le dijo su siervo que el cielo estaba limpio y sin nubes. A la séptima, su siervo le dijo que apareció una pequeña nube en el horizonte. Inmediatamente después, Elías envió su siervo a Acab para avisarle antes que la lluvia le hiciese imposible la travesía. Elías sabía que no sería una lluvia suave, sino una gran tempestad. Eso fue exactamente lo que sucedió, y sucedió de acuerdo a la revelación que Dios le había dado a Elías. Elías oró, y Elías actuó. Ciertamente que podemos ver la poderosa y estrecha relación que existe entre la oración y la autoridad.

En Filipenses 2:13 se nos declara que es Dios Quien trabaja en nosotros para que nuestro deseo sea el hacer lo que Él quiere que sea hecho. Siempre que estemos conscientes de que Dios está trabajando en nosotros, sabremos cuando debemos orar y cuando debemos ejercitar nuestro dominio y orden para que las cosas sucedan.

Otro episodio que nos relata la autoridad que se ejercita en la oración es la intercesión que Moisés hizo por el pueblo de Israel después de que el pueblo se rehusase a entrar en la tierra prometida. Esto sucedió poco tiempo antes de que la gente de Israel fracasase en su intento de tomar la tierra sin el consentimiento de Dios y por ellos mismos.

Números 14:11-20:
Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuando me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta          cuando no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?
Yo los heriré en mortandad y los destruiré, y a ti te pondré sobre gente más grande          y más fuerte que ellos.
Pero Moisés respondió a Jehová: Lo oirán luego los egipcios, porque de en medio           de ellos sacaste a este pueblo con tu poder;
Y lo dirán a los habitantes de esta tierra, los cuales dirán luego que tu, oh Jehová,         estabas en medio de este pueblo, que cara a cara aparecías tu, oh Jehová, y que tu       nube estaba sobre ellos, y que de día ibas delante de ellos en columna de nube, y de noche en columna de fuego;
Y que has hecho morir a este pueblo como un solo hombre; y las gentes que          hubieren oído tu fama hablarán, diciendo:
Por cuanto no pudo Jehová meter este pueblo en la tierra de la cual les había          jurado, los mató en el desierto.
Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificado el poder del Señor, como lo          hablaste, diciendo:
Jehová, tardo para la ira, y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la   rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la      maldad de los padres sobre los hijos hasta los terceros y hasta los cuartos.
Perdona ahora la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, y         como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí.
Entonces Jehová dijo: Yo lo he perdonado conforme a tu dicho.

En este pasaje, la rebelión de los hijos de Israel había llegado hasta tal punto que su destrucción era inminente. Moisés, no obstante, entendía la naturaleza de Dios y sabía las promesas que le hizo a Abraham por pacto. Su oración estaba de acuerdo a la voluntad de Dios, y Dios los pudo perdonar en armonía con la palabra de Moisés. ¿Qué hubiese sucedido si Moisés no hubiese andado en armonía con Dios? Y ¿Qué hubiese sucedido si Moisés no hubiese estado firme por el pueblo delante de Dios? Simplemente la destrucción de Israel no podría haber sido evitada. Anteriormente hemos leído un pasaje de Ezequiel en el que Dios habría evitado la destrucción de los hombres de Judá a manos del ejército de Babilonia si tuviese encontrado un hombre que hubiese quedado firme en la brecha intercediendo por la tierra, pero no encontró ni tan siquiera uno. Vamos ahora a leer y a ver una promesa que Dios le dio a Jeremías concerniente a la restauración de Israel.

Jeremías 29:10-14:
Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, Yo os            visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este             lugar.
Porque Yo se los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová,          pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.
Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a Mí, y Yo os oiré;
Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.
Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os   reuniré de todas las naciones y de todos los lugares de donde os arrojé, dice          Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar.

Dios declaró que traería a los judíos de vuelta a su tierra después de que pasasen los setenta años del cautiverio. Pero para llevar a cabo esta labor, sin embargo, dijo que ellos deberían primeramente orar delante de Su Presencia y de que lo buscasen de todo corazón. Años después de Jeremías haber escrito esta promesa, Daniel, teniendo conocimiento de la misma, la leyó y comenzó a trabajar en armonía con Dios para que pudiera realizarse.

Daniel 9:2 y 3, y, 18 y 19:
En el primer año de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el          número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de          cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años.
Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno,          cilicio y ceniza.
Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y         la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros    ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias.
Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de        ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu     pueblo.

Daniel comenzó a cumplir el requisito que el Señor había establecido en la profecía de Jeremías. Si Dios pudiese haber hecho alguna cosa antes de que Daniel cumpliese ese requisito, no hubiese precisado de alguien que orase tan fervientemente. Daniel entró en aquella sociedad necesaria con Dios para que se pudiesen cumplir los deseos de Dios en la tierra.
Vamos a considerar ahora un registro del Evangelio de Juan que nos demuestra la relación que existe entre la oración y el ejercicio de autoridad en la vida de Jesús.

Juan 11:38-44:
Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y       tenía una piedra puesta encima.
Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días.
Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús,          alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído.
Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que está          alrededor, para que crean que tu me has enviado.
Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!
Y el que había sido muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el      rostro envuelto en un sudario, Jesús les dijo: Desatadle y dejadle ir.

Jesús dijo, “Padre, gracias te doy por haberme oído.” ¿Qué fue lo que le dijo al Padre? Obviamente, le pidió al Padre poder levantar de los muertos a Lázaro. Y la respuesta debió de ser “adelante”. Ahora bien, Jesús no estaba siempre levantando a todos los que morían, pero en esta situación en particular, debió haber recibido la revelación de parte de Dios. Actuó en sociedad con Dios, y ordenó a Lázaro que saliera de la cueva. Jesús, después de orar a Dios ordenó que esto sucediese. Ejerció su dominio. Anduvo a través de la autoridad que Dios le había conferido. El no dijo, “Padre, si es tu voluntad, ¿Será que puedes levantarlo Tú de los muertos?” ¡No! Jesús dijo con todo su denuedo, “Lázaro, ¡ven fuera.!”
El Señor Jesucristo nos enseñó que nosotros podemos hacer lo mismo que él hizo.

Juan 14:12 y 13:
De cierto, de cierto os digo: El que en mi cree las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará porque yo voy al Padre.
Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré para que el Padre sea          glorificado en el Hijo.

Observe la relación que existe entre la oración en el nombre de Jesucristo y el necesario ejercicio de la autoridad para llevar a cabo las obras que él hizo. Esta conexión entre la oración y ejercer la autoridad nos capacita ahora para entender una sección del Evangelio de Mateo.

Mateo 21: 21 y 22:
Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuvieseis fe, y no dudareis,       no solo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate       en el mar, será hecho.
Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.

El versículo 21 habla de ordenar a un monte que sea removido y después el 22 lo relaciona con la oración. Sin embargo Jesús no les dijo, “Si oráis a Dios para que remueva esta montaña, será hecho”. El les dijo a sus discípulos que hablasen directamente a la montaña, que le ordenasen que se echase al mar. Existe una estrecha relación entre la oración y dar una orden para que algo suceda. Muchas veces será a través de la oración que vamos a averiguar cuál es la voluntad de Dios. Y cuando la averiguamos, tenemos toda la autoridad necesaria para dar una orden y que algo suceda. No tenemos que ser como los hijos de Israel que, actuando agresivamente y por su propio impulso, se fueron a la cumbre del monte sin que esa fuese la voluntad de Dios. No podemos ordenar aquello que sea contrario a Su voluntad y esperar buenos resultados.

Lamentaciones 3:37:
¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?

Pero una vez que conocemos la voluntad de Dios, tanto por su Palabra escrita como a través de Su directa revelación, debemos tomar acción y llevarla a cabo.

Mateo 18:18:
De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo          que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.

Las palabras “atéis” y “desatéis” son utilizadas para significar el ejercicio de autoridad. La traducción Reina –Valera, nos da la idea de que todo lo que hagamos, será respaldado por Dios. Sin embargo, Kenneth Wuest lo traduce: “Seguramente os estoy diciendo que lo que prohibáis en la tierra, ya habrá sido prohibido en el cielo; y lo que permitáis en la tierra habrá sido permitido en el cielo”. La New American Estándar Bible refleja en sus anotaciones, indicadas con corchetes a continuación, una traducción mas precisa de los tiempos verbales griegos y del sentido de las palabras “atar” y “desatar” en este versículo cuando dice: “En verdad os digo: Todo lo que atéis [prohibáis] en la tierra, será [habrá sido] atado en el cielo; y todo lo que desatéis [permitáis] en la tierra, será [habrá sido] desatado en el cielo”. La clave para ejercer correctamente nuestra autoridad es permanecer en contacto íntimo con Dios y conocer Su voluntad. No podemos actuar independientemente de Dios, pero al ser nosotros a quienes se nos ha dado el señorío aquí en la tierra, ejercemos autoridad para hacer cumplir la Voluntad de Dios. Las cosas que están establecidas en los cielos pasan, así, a ser una realidad aquí sobre la tierra. Esto es verdad, tanto para la voluntad de Dios que está establecida en Su Palabra escrita como para Su revelación directa. Nuestro dominio debe sujetarse a los límites que Dios impone en Su voluntad. La mentira original que la humanidad creyó fue: “Y seréis como Dios” (Génesis 3:5). Intentar ejercitar dominio apartándonos de la voluntad de Dios será actuar como si nosotros fuésemos nuestro propio dios.
Tomar en consideración y observar la relación que existe entre oración y el ejercicio de la autoridad nos capacita para que entendamos un registro del Evangelio de Marcos.

Marcos 9:14-29:
Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.
Y enseguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él le saludaron.
El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos?
Y respondiendo uno de la multitud, dijo, Maestro, traje a ti a mi hijo, que tiene un        espíritu mudo,
El cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los          dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no          pudieron.
Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuando he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.
Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al          muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos.
Jesús le preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño.
Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes          hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.
Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.
E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi          incredulidad.
Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo,      diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él.
Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó           como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto.
Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó y se levantó.
Cuando él entró en su casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué          nosotros no pudimos echarle fuera?
Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.

Casi todos los estudiosos modernos y traductores concuerdan en que hay evidencias textuales que garantizan la omisión de las palabras “y ayuno.” (La totalidad del versículo 21 debe ser también omitida). Y esto concuerda con la declaración que Jesucristo pronunció diciendo que sus discípulos no debían ayunar (Marcos 2:18-20). Anteriormente Marcos registró que los Doce “echaban fuera muchos demonios” (6:13), sin embargo se encontraron con dificultades en esta circunstancia específica y con este espíritu. Y cuando le preguntaron a Jesús por la causa de esta dificultad, él les dijo, “este tipo de espíritu no puede ser echado fuera sino a través de la oración”. Sin embargo Jesús no oró para que saliese fuera el espíritu. Simplemente le reprendió y el espíritu salió. Su maestro estaba enseñando a los discípulos una gran verdad y principio cuando se trata de ministrar a otros. Si queremos andar con dominio y autoridad, nos es necesario mantenernos en contacto permanente con Dios. Una vida de oración rica y efervescente nos capacita para que sepamos con toda confianza y seguridad lo que tenemos que hacer en cada situación. Jesús permaneció constantemente en contacto con Dios. Él sabía perfectamente que lo que impedía la salida del espíritu era la incredulidad de parte del padre del muchacho. Y Dios le mostró también como lidiar con el padre. Jesús estaba instruyendo a sus discípulos diciéndoles que si se hubiesen mantenido en contacto con Dios hubiesen podido averiguar la causa del problema y echar el espíritu fuera del muchacho.


Traducción por Juan Luis Molina.

0 comentarios:

Publicar un comentario