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Mateo 10:8

martes, 22 de abril de 2014

SE QUITÓ EL ZAPATO ( ORIENTALISMO SOBRE LA HISTORIA DE RUT) Por Bishop K. C. Pillai


¡Dios los bendiga!

Es muy hermosa la historia de amor de Rut registrada en las Sagradas Escrituras. Es una historia de amor entre ella y el Dios que la acogió en Sus brazos siendo de un pueblo extranjero y además muy despreciado por los israelitas.

Rut se negó a abandonar a su suegra Noemí y le dijo: "......no me ruegues que te deje y me aparte de ti; porque donde quiera que tu fueres, iré yo, y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada......" (Rut 1:16,17).

Rut se aferró al Dios Vivo, creyó en Él y su Dios jamás la defraudó. Es hermoso como cada uno de nosotros tenemos la oportunidad de vivir esa historia de amor con nuestro Padre celestial en una relación íntima y muy personal. Él Creador de los cielos y la tierra nos ama tiernamente, individualmente. Cada uno somos muy amados, especiales, únicos ante Sus ojos, y Él esta anhelando derramarnos ese amor cada bendito día que nos regala.

El mundo no conoce esta clase de amor tan puro, limpio, absolutamente incondicional y desinteresado que fluye del corazón de nuestro Padre para con nosotros. Dios entregó a la muerte a Su más bello y preciado tesoro: SU HIJO UNIGÉNITO, para pagar con precio de sangre nuestra redención, tu vida eterna y la mía, tu justificación y la mía. Ese amor florece y se desborda de nosotros, sólo cuando entendemos la forma en que hemos sido amados. Este amor brota espontáneamente de nosotros cuando comenzamos a vislumbrar este inconmensurable y apasionado amor que nuestro dulce Abba Padre tiene por cada uno de nosotros. Cuando comenzamos a disfrutar de ese amor eterno, nos es imposible contenerlo y lo derramamos a quienes Dios nos acerca.

El amor del Padre es la más hermosa melodía que jamás hemos escuchado, la más dulce serenata que nadie jamás nos ha brindado, es la carta de amor más bella que nadie jamás nos ha escrito. Él nos ama por Su gracia, no por nada que hagamos o dejemos de hacer, EL SIMPLEMENTE NOS AMA ETERNAMENTE.

Padre bueno, muéstranos lo amados, únicos y especiales que somos a tus ojos, para que así lleguemos a ser una carta de amor para un mundo hundido en el caos, enfermo y lleno de dolor.

¡Un abrazo muy fuerte amados de Dios!

En Cristo,

Claudia Juárez Garbalena


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SE QUITÓ EL ZAPATO
De Bishop K. C. Pillai



Del Libro “Orientalismos de la Biblia” Vol. 1

Traducción Española Por Juan Luis Molina  

Había ya desde hacía tiempo esta costumbre en Israel tocante a la redención y al contrato, que para la confirmación de cualquier negocio, el uno se quitaba el zapato y lo daba a su compañero; y esto servía de testimonio en Israel.
Entonces el pariente dijo a Booz: Tómalo tú. Y se quitó el zapato. (Rut 4:7,8)

Yo sé que estás familiarizado con los bellos acontecimientos acerca la devoción de Rut hacia Noemí, pero déjame que vuelva a relatártelos señalándote algunos puntos que han bendecido particularmente mi corazón. Estoy convencido de que también te servirán de aliento en el Señor.

El hambre que devastó la región de Belén de Judá, hizo que Elimelec y su esposa Noemí procurasen refugio en la tierra de Moab. Allí fue donde la tragedia cercó la vida de Noemí. Su marido y sus dos hijos murieron.

Sintiendo nostalgia del entorno familiar y de su tierra de origen, Noemí decidió regresar. Sus dos nueras estaban decididas a irse con ella, pero Noemí les rogaba que permaneciesen en su tierra. Finalmente, Orfa besó a su suegra y se despidió. Sin embargo a Rut no le pasó por sus pensamientos dejar que Noemí se fuera sin ella.

La forma en que se dirigió a su suegra, y que hizo que dejase Noemí de insistirle a Rut que debía de permanecer en Moab, es la declaración, pienso yo, más bella y conmovedora que  alguna vez hayan escuchado mis oídos: "......no me ruegues que te deje y me aparte de ti; porque donde quiera que tu fueres, iré yo, y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada......" (Rut 1:16,17). A Noemí se le derritió el corazón y Rut regresó con ella.

El ser humano no ha cambiado tanto en todos estos años que nos separan desde los días de Noemí. Ella fue tan azotada por las tragedias que le habían sucedido que hasta su apariencia externa estaba completamente cambiada. Cuando aquellos que la conocían la vieron llegar y se le acercaron, ella les pidió que ya no la llamasen más ni se refiriesen a ella como Noemí, que significa "Placentera." Quería que la llamasen Mara que significa "Amarga." Una vez que la mayor parte de nosotros en un momento u otro de nuestras vidas ya hemos probado el sabor amargo de las aguas de la adversidad, estoy seguro de que podemos muy bien identificarnos con ella en su trágica experiencia.

En el Oriente, la mayor parte de los matrimonios se dan entre familiares. Uno de los motivos para que así suceda tiene que ver con el hecho de que, siendo así, las riquezas se quedan en la familia, y otra es que una mujer que se quede viuda, queda siempre al cuidado de la familia del esposo. Porque no se trata simplemente de ser solo un familiar, por ley de casamiento, a la familia inmediata, sino que además es un familiar de sangre también en la mayoría de los casos.

Rut tenía que dedicarse a espigar en los campos para poder sustentarse a sí misma y a su suegra. La gente pobre en el Oriente puede siempre espigar en los campos (recoger las sobras de las espigas después de la siega). Se tiene por costumbre y es un hecho, que los segadores vayan dejando para atrás a propósito algunas espigas en el campo para que las viudas, los huérfanos y los extranjeros puedan recogerlas. Esta es la ley cultural que tienen. Su sistema de bienestar social.

La manera como Noemí creyó que podría encontrar descanso para el trabajo que Rut estaba teniendo con ella, fue a través del pariente de su fallecido marido, Booz. Rut ya había caído en la gracia de Booz, le había causado buena impresión a sus ojos. Ya les había instruido a los hombres jóvenes diciéndoles que "no la molestasen." Había mostrado tener compasión por ella asegurándose que nada le faltase y tuviese siempre lo suficiente, tanto para ella, como para Noemí. Se había sentado con ella a la hora de la comida. La había tratado de igual a igual. La reconoció como un pariente más.

Noemí entonces le sugirió a Rut que fuese a encontrarse con Booz aquella noche donde estaría, aventando la parva de la cebada. Ese es el sitio donde se tira al aire el grano para que el viento pueda llevarse la paja.
Esta instrucción que Noemí le da a Rut, hace que inmediatamente le surja la sospecha, a quienes no están familiarizados con las costumbres de las personas en el Oriente. Juzgan que Rut se dirige a Booz con segundas intenciones inmorales para "atrapar un casamiento" con Booz. Nada de eso tiene que ver con el caso.

El sitio donde el grano y la paja se echaban al aire y se separaban estaba generalmente situado sobre una gran roca por encima del pueblo, a la vista de todos y donde los vientos predominantes soplaban con más fuerza. Así que ese sería probablemente el sitio más ridículo escogido para un plan de inmoralidad de ese tipo.

Así que, el hecho de ella recostarse a los pies de Booz en la era, no es otra cosa sino una señal para él y los que con él estaban de su humildad, y no una evidencia de malos designios. Y finalmente, el hecho de que le pidiera que extendiera su capa sobre ella no tiene tampoco la connotación que muchos se han imaginado, sino que tiene un bellísimo significado. Permíteme que te explique.

En primer lugar, "capa" no es una buena traducción". Debía ser "fular" (pañuelo). Algunas veces leemos en la Reina-Valera que alguien "rasgó sus vestiduras." Suena como un espectáculo de "strip tees." Claro que no tiene nada que ver con eso. Lo que se "rasga" siempre es el fular, no la ropa en general.

El fular es una pieza de paño que tiene cerca de un metro de largo y que se dobla en cuatro partes y se usa alrededor del cuello. Una especie de bufanda. El "rasgar el fular" es una manera Oriental de expresar exteriormente una ira o angustia interior.

Pero también, como en este caso cuando se extiende es un símbolo de protección. Así que cuando Rut le pidió a Booz que extendiese su fular sobre ella, lo que estaba sencillamente pidiéndole era su protección. Booz fue muy decidido dándole este símbolo de su cuidado, pues quería casarse con ella - quería redimirla porque ella era la viuda de un familiar suyo.

De acuerdo a la ley Oriental, la tierra solamente puede ser vendida a un familiar. Si una viuda, por ejemplo, tuviese que vender la tierra de su fallecido marido a un extraño, un familiar puede venir posteriormente, anular la transacción y comprar él la tierra.

Yo conozco bien este caso por experiencia propia. La tierra y la casa que pertenecieron a mi abuelo en India fueron vendidas fuera de la familia. Muchos años después yo estaba en una posición de redimir la tierra. La venta anterior fue puesta a un lado y yo compré la propiedad con la casa. Esa es la manera como funciona la ley. Y en Palestina la tierra debía ser restaurada en el año del Jubileo, aun cuando no hubiese un pariente que quisiese ser redentor. Cada quince años había uno que se consideraba el año del Jubileo. Todas las propiedades se devolvían entonces a sus dueños, y todas las deudas eran perdonadas.

El familiar que servía de redentor tenía que reunir por lo menos tres características: Debía ser un pariente próximo, debía estar capacitado para pagar el precio de la redención, y debía de tener la buena voluntad de efectuarla.

Por ejemplo, en el caso de la tierra que estuviese perdida a través de una hipoteca, una copia del documento y los términos de su recuperación se guardaba para poder ser inspeccionada en el Templo. Esta copia era y servía de registro público. Y otra copia era entonces sellada con siete sellos.

Cuando un pariente llegaba posteriormente que poseía las cualificaciones de un redentor, él podía ir a inspeccionar la copia pública y podía ver cuáles eran las clausulas necesarias para redimir la propiedad. Si estaba capacitado y tenía la buena voluntad de pagar el precio, los siete sellos entonces eran abiertos en señal de que el documento había sido recuperado.

Eso es lo precisamente lo que tenemos y a lo que se refiere el capítulo cinco de Apocalipsis. El "rollo" con los siete sellos siempre tiene que ver con la redención de la tierra. Dios está listo y preparado para que su pueblo posea la tierra  y ejercite el dominio sobre aquello que, desde Adán, ha estado en las manos del "dios de este mundo," Satanás. - Y la inspección por un pariente para redimir la tierra ya ha sido efectuada; así que, habiendo sido pagado el documento como fue, ahora el pueblo de Dios puede y debe heredar y disfrutar de la tierra. Juan se puso a llorar porque no se hallaba a nadie, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra que reuniese las condiciones de un redentor que tuviese la capacidad de pagar la deuda del documento, y que se pudiesen abrir los siete sellos en señal de que se había cumplido la remisión. Pero le llegaron buenas noticias a Juan de uno de los ancianos:

".........No llores, he aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos."(Apocalipsis: 5:5)

Cristo reunía las condiciones. Él era un pariente próximo de la familia humana. Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo...." (Hebreos 2:14). Y el verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros,..." (Juan 1:14). Y él además tenía el deseo y la capacidad en la profecía para traer de vuelta a la tierra que estaba debajo del dominio de Satanás para su pueblo. ¡Aleluya! Aquello que aún todavía ahora es profético, un día será una realidad.

Había solo un obstáculo para Booz: Existía un pariente más cercano que él quien tenía el derecho de decidir primero, antes que él. Si éste decidiese usar su derecho o prerrogativa como pariente que era más cercano, entonces Booz no podía hacer nada. La cuestión estaba en suspenso.

La mañana siguiente, Booz se dirigió a la puerta de la ciudad. Ese es el sitio donde los ancianos de la ciudad se encuentran para discutir y analizar cualquier problema que se les presente. Vosotros probablemente comparáis a los "Ancianos de la Puerta" con vuestros "Consejeros en el Senado." Finalmente, el otro pariente se acercó y Booz lo llamó aparte. Después llamó también a diez ancianos para que asistiesen a la conversación como testigos, y se dirigió diciendo a su pariente:

Luego dijo al pariente: Noemí, que ha vuelto del campo de Moab, vende una parte de las tierras que tuvo nuestro hermano Elimelec. Y yo decidí hacértelo saber, y decirte que la compres en presencia de los que están aquí sentados, y de los ancianos de mi pueblo. Si tú quieres redimir, redime; y si no quieres redimir, decláramelo para que yo lo sepa; porque no hay otro que redima sino tú, y yo después de ti. Y él respondió: Yo redimiré.

Entonces replicó Booz: El mismo día que compres las tierras de mano de Noemí, debes tomar también a Rut la moabita, mujer del difunto, para que restaures el nombre del muerto sobre su posesión. Y respondió el pariente: No puedo redimir para mí, no sea que dañe mi heredad. Redime tú, usando de mi derecho, porque yo no podré redimir. (Rut 4:3-6).

Entonces él se quitó el zapato y se lo dio a Booz en la presencia de los ancianos. ¿Por qué el zapato? ¿Cuál es su significado?

Cuando una persona compra bueyes, tierra, casas o cualquier otra cosa que sea tangible, se le da un contrato de venta, y la transacción sería hecha y registrada exactamente de la misma manera como hacéis también aquí en América vosotros. Pero cuando se transfería intangible como el "derecho" que se estaba aquí traspasando, entonces la costumbre era dar un zapato en la presencia de testigos, queriendo con eso significar que el "derecho" había sido transferido al otro. Eso es justo lo que el pariente hizo en este caso. Y fue muy claro y bien comprendido por todos los que asistieron al acto. Así que ahora Booz poseía el derecho no solamente de comprar todo lo que había pertenecido a Elimelec, Mahlón y Quelión, sino además también tomar la mano de Rut en casamiento. Eso fue lo que hizo.

Que maravilloso final para estas mujeres que parecían estar hundidas por la tragedia y la derrota. La amargura de Noemí una vez más se transformó en placentera vida, porque su fe estaba puesta en Dios Quien nunca falla a Su gente. Y Rut, que había hecho del Dios de Noemí su Dios, se encuentra ahora viviendo en medio de Su magnánima generosidad para con ella. Una extraña en una tierra extranjera, ella llega a ser un directo antepasado de Jesucristo. Su hijo fue Obed el padre de Isaí, el padre de David.

Amigo mío, tu nunca fracasarás si tú vas con Dios. Puede haber momentos de desastres. Puede haber pruebas. Puede que tengas que andar entre diluvios y llamas. Puede parecer que no hay esperanza. Pero Dios nunca falla, porque Él es Dios.

Dale una oportunidad. Cuando tú dependas de Él en absolutamente todas tus cosas, esta verdad pasará a ser tuya de una manera efectiva, experimentalmente. Y una vez que hayas experimentado la milagrosa provisión de Dios, entonces puedes tener esperanza en el próximo desafío con lo imposible. En poquísimo tiempo tu fe estará tan fuerte como una firme roca sólida contra las cortantes arenas que vengan contra ti de los vientos adversos, y no te moverás ni serás zarandeado, porque tú sabes que no tienes ningún otro lugar al que acudir.

sábado, 19 de abril de 2014

"ANTE PILATO, "EN LA CRUZ" Y "LA RESURRECCION" Por George M. Lamsa

ARCHIVO DE ARTÍCULOS ANTERIORES
FRAGMENTO DEL LIBRO "MI VECINO JESÚS” 
“Una visión de nuestro Salvador a la luz de su lenguaje, gente y tiempo” Escrito por la mente oriental de George M. Lamsa
Traducción: Juan Luis Molina y Claudia Juárez (Con profundo amor, agradecimiento y reconocimiento por nuestro precioso Señor y Salvador Jesucristo).

Capitulo XIV.  Ante Pilato.
La puerta del palacio se abrió, y el sumo sacerdote y su séquito entraron. Jesús entonces fue llevado a la presencia del gobernador. Un regidor de este mundo iba a juzgar al Príncipe del Cielo. Jesús pareció sentirse más animado cuando se vio ya dentro del palacio del gobernador extranjero, un opresor de su gente. Se sentía más cómodo en la casa de este pagano, que en el “Palacio Santo” aquel donde vivían los traicioneros sacerdotes. Allí, él se encontraba en las manos de un bando de asesinos fanáticos. Jesús estaba agotado.  Había pasado toda la noche sin dormir y había sufrido muchos insultos, castigos y malos tratos.
Los sumos sacerdotes y su séquito se quedaron esperando en uno de los cuartos que servía como recepción en la entrada, mientras Jesús era llevado delante del gobernador a una de las habitaciones ejecutivas. Los judíos no podían entrar allí, porque era la Semana Santa. Podían accidentalmente tocar a hombres impíos o ver algunas imágines prohibidas en las paredes y tendrían entonces que purificarse.
Jesús nunca había visto a Pilato anteriormente, y Pilato nunca había oído hablar de Jesús hasta que fue despertado aquella mañana temprano por los siervos y mensajeros del sumo sacerdote, y le informaron lo que había sucedido durante la noche en el palacio del sumo sacerdote. El frío y calculador procurador romano fue movido a simpatía por la delgada y demacrada figura que permanecía en pie delante de él. Sin embargo, este sentimiento súbitamente se transformó en una explosión de ira contra los miembros del Sanedrín.
“¿Qué tengo yo que ver con un caso como este? ¿Acaso soy yo algún sacerdote?” murmuró entre dientes el gobernador, en parte para sí mismo, y en parte hacia los siervos y guardias que permanecían en pie delante de él en una postura militar. Él había esperado encontrarse con un hombre que tuviese todas las características y rasgos de un poderoso revolucionario, cuyo fiero rostro revelase sus crímenes. Esa era la clase de hombre que podía llegar a ser un líder de bandidos. En vez de eso, se encontró con una persona muy diferente de aquel que los siervos le habían retratado con sus palabras. Vio ante sí el rostro más refinado que jamás antes había contemplado. No encontró nada en sus ojos que revelasen crimen alguno; nada en su faz había que no fuese sino amor por la humanidad. Sus ropas sencillas, rasgadas por las manos de los guardas del templo, sus doloridos pies y fragilizado cuerpo, no mostraban absolutamente nada que se pareciese a un criminal.
El procurador le dio a Jesús un nuevo nombre: “El Hombre.” “¿Es éste el hombre que habéis capturado?” “¿Es algún cabecilla éste hombre?” “¿Llamáis peligroso a este hombre?” “¿Decís que es un rey?” Pilato estaba profundamente desilusionado y su ira a flor de piel. Durante un instante, pensó que el sumo sacerdote había preparado toda aquella escena a propósito, que había inventado toda esta maquinación para incitar a los judíos a sublevarse contra el gobierno de Roma. No mucho tiempo antes, los sacerdotes habían hecho la petición a Roma de que deportasen a Pilato de Jerusalén. Este había tomado dinero del templo y lo había utilizado en la construcción de un acueducto para traer agua hasta Jerusalén. Esta y muchas otras falsas acusaciones habían sido formuladas contra él. Los sacerdotes habían sostenido malas relaciones con él durante todo el tiempo de su gobierno en Jerusalén. Ellos estaban siendo muy problemáticos y creándole demasiados obstáculos.
Durante cierto tiempo había reinado la tranquilidad en Palestina, a pesar de que las aspiraciones mesiánicas habían seducido a muchos hombres crédulos a caer en el bandidaje. Aun así, no había rebeliones de naturaleza grave. Pilato no había recibido ningún informe de las autoridades civiles y militares de Galilea sobre las actividades  del Hombre contra quien el sumo sacerdote le estaba presionando para que acusase de traidor. El gobernador escondió sus sentimientos detrás de su dominante personalidad y conducta diplomática. Entonces, de acuerdo a las formalidades de la ley, comenzó a interrogar a Jesús: “¿Hace cuantos años que estás en Jerusalén?” “¿Qué es lo que buscas? ¿Qué daños has hecho al templo? ¿De dónde eres?” ¿Qué más podía preguntarle Pilato?” Él no sabía nada de la venida de Cristo, ni le importaba este tema; le tenía sin cuidado si éste Hombre creía en Dios, o a cuál de las sectas judías pertenecía.
Por algunos momentos se mantuvo yendo de un lado a otro de la habitación, tratando de encontrar una respuesta que darle al sumo sacerdote y a la delegación judía que le esperaba. Finalmente entró en la sala de recepción. Los judíos se levantaron y le saludaron de acuerdo a su costumbre, inclinando sus cabezas hasta el suelo. Hubo un momento de silencio y unos pocos minutos intercambiando salutaciones. Entonces el gobernador se dirigió a ellos en un tono bajo de voz, conteniendo a duras penas su ira. No era capaz de guardar sus sentimientos hacia el Hombre cuya vida estaba en sus manos, y en quien no había hallado falta alguna. “He examinado a este hombre. Y no encontré ninguna falta en él digna de muerte. Políticamente, no hay nada que yo pueda hacer. Tomadle y juzgadle vosotros conforme a vuestra ley.”
Los sumos sacerdotes respondieron: “Si este hombre no fuera culpable, nunca lo hubiésemos traído aquí. Nosotros somos el suelo debajo de tus pies; nosotros somos tus siervos, como bien sabes. No acusaríamos a este hombre si no supiésemos que es digno de muerte. Este hombre ha provocado a toda la nación desde Jerusalén hasta Galilea, predicando en contra de tu gobierno, incitando a una revolución, proclamándose a sí mismo como un rey, y diciéndole al pueblo que no pagase impuestos. ¿Cuántas evidencias más son necesarias? Nosotros no tenemos autoridad para llevarlo a la muerte.” Los eclesiásticos escondían sus verdaderos motivos debajo de este político camuflaje, esa era la única manera por la cual podrían obtener su perversa finalidad.
Pilato encontró por primera vez algún fundamento sobre el cual cuestionar a Jesús. Tan pronto como volvió a encontrarse con él, su primera pregunta fue, “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Jesús guardó silencio durante unos instantes. El oriental cree que mientras menos palabras pronuncie mientras esté siendo acusado de algún crimen, mayores oportunidades tendrá de ser libertado. Un hombre puede condenarse a sí mismo a través de una palabra mal dicha inconsciente o inadvertidamente. “Por tus palabras te juzgarán.” El afán del gobernador por una respuesta y su sinceridad intentando librarle, le hicieron responder: Min nowshakh emart hadey o'khraney emar lakh aley: “¿Dices eso por ti mismo, u otros te han dicho esto respecto de mi? Mi reino no es de este mundo.” “Tú puedes ver qué clase de rey soy. Pregúntate a ti mismo, ¿parezco un rey? Si yo fuese rey, mis siervos pelearían por mí, para que yo no cayese en manos de los judíos.”
Pilato le presionó, “Entonces, ¿Tú eres algún tipo de rey?” “dices que yo soy un rey. No, no soy. Yo nací y vine a este mundo, solamente para sufrir y testificar la verdad. Yo me encuentro en tu presencia de esta manera para dar a conocer la verdad al mundo. Si yo no hubiera puesto en evidencia los misterios de la religión, si no hubiese atacado las corruptas prácticas de los sacerdotes, nunca me hubieran traído ante ti.”
“¿Cuáles son esas verdades?” preguntó el gobernador súbitamente, queriendo decir, “Cuáles son los principios en que tú te apoyas y por los cuales te acusan los sacerdotes?” El gobernador no esperó por una respuesta. Sabía perfectamente que toda la trama no pasaba de ser un embuste. La batalla entre Jesús y sus conciudadanos era causada por motivos teológicos. Pilato ignoraba y despreciaba el dogma teológico judío y sus tradiciones. “Dejemos que ellos resuelvan entre sí sus diferencias.”
El gobernador vio que no había ningún crimen cometido que mereciese la muerte en la cruz. Por tanto, en parte para evitarse responsabilidades, y en parte debido a las persuasiones de su mujer y de algunos de los criados del palacio, decidió no hacer nada contra la sangre de este hombre que hasta los propios oficiales de su palacio creían que era inocente, Pilato envió a Jesús a Herodes, que por ese tiempo se hallaba en Jerusalén, y era bajo su jurisdicción que Jesús se encontraba por ser galileo. Jesús no se dignó a responder a las preguntas de Herodes. Hubiese sido completamente inútil hacerlo, ya que Herodes estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de complacer a los sacerdotes y fariseos. Él había arrestado a Juan, hijo de un sacerdote, y lo había decapitado por defender la ley de Moisés. ¿Por qué dejaría él escapar a un galileo usurpador y herético del castigo? Aquí había una oportunidad única para que él pudiera redimirse de la sangre inocente que había derramado, a través de simplemente imponer el supremo castigo sobre otro hombre inocente.
Pilato entonces ordenó a sus soldados que le azotasen, pensando que aquellos fríos corazones judíos se ablandarían así. Pero los judíos seguían gritando, “Crucifícalo, crucifícalo. Deja que su sangre sea derramada sobre las cabezas de nuestros hijos. Nosotros no tenemos otro rey sino el César.”

XV. En la Cruz.
El ajetreo de la Pascua había decaído. La ciudad estaba tranquila. Algunos de los hombres ya habían partido, otros se preparaban para salir, pero la mayoría permaneció para ver el mayor espectáculo de toda la semana. El drama gratuito que los sacerdotes iban a presentar superaba hasta aquellos que se ofrecían en el anfiteatro. Cinco hombres iban en breve a ser colgados vivos en unas cruces.
La tortura tenía por fuerza que concluir apresuradamente, para que los hombres condenados pudiesen ser crucificados y enterrados  antes del día solemne de reposo. La procesión salió del palacio del gobernador, Jesús cargaba con su cruz a sus espaldas, rodeado de soldados romanos que eran guardias del templo, y una larga fila de dignatarios judíos, rabís, y sumos sacerdotes que lo siguieron hasta el Gólgota. Las colinas en los alrededores de la ciudad estaban plagadas de hombres que habían llegado temprano para poder ocupar los lugares más próximos a las cruces. La distancia entre la Santa Ciudad y el Gólgota no es mucha, pero el camino está lleno de piedras, y se hace duro atravesarlo porque hay que subirlo cuesta arriba. Este montículo, en su forma, se asemeja a la cabeza de un hombre, fue escogido debido a su ventajosa situación. Las cruces podían ser divisadas desde las azoteas de las casas y las calles. Las mujeres que no podían andar en medio de la densa multitud podían observar desde la ciudad y ver a los cinco hombres condenados a muerte.
La cruz era demasiado pesada para un hombre que había sido tan bárbaramente torturado durante tres días seguidos en manos de los guardias del templo y los soldados. Jesús se encontraba muy debilitado. Mientras subía cuesta arriba, siempre que el extremo de su cruz tocaba las rocas del camino, se caía al suelo hasta que ya no fue capaz de cargar con ella. El castigo que recibió durante esta travesía fue mayor que el sufrido durante sus horas de agonía anteriores. Hasta ahora, solo a los soldados se les había permitido flagelarle, pero ahora todo aquel que lo quisiese, podía también hacerlo.
A la llegada al lugar de la crucifixión, los soldados plantaron rápidamente las cruces, desnudaron a las víctimas, e iniciaron su trabajo. Ya no había nada más que hacer. Ni más cuestiones que interrogar. El día solemne de reposo se aproximaba y el trabajo tenía que ser hecho apresuradamente. Los ejecutores esperaron durante unos breves minutos para que les entregasen en mano un martillo y clavos. Primero fueron colgados los dos ladrones en sus cruces. Hombres que iban a ser ejecutados por desobedecer la ley del imperio. A los ojos de los judíos, tanto estos dos ladrones, como los dos malhechores carecían de toda importancia. Los soldados tuvieron muy pocas dificultades en crucificarlos.
Pero cuando Jesús estaba listo, los soldados sintieron grandes dificultades en apartar cientos de sacerdotes, escribas y fariseos, que estaban escupiéndole encima y gritando Demakh breshakh, “Tu sangre sea sobre tu cabeza.” Ellos habían torturado a Jesús antes de que los soldados hubiesen podido alzarlo entre los dos ladrones en la cruz. Después entonces, trajeron a los dos malhechores y los colgaron a los lados, cada uno a cada lado de los dos ladrones. Y Jesús quedó en medio. Aun los judíos considerados más santos le escupían el rostro y le golpearon su cabeza. Jesús estaba siendo condenado por blasfemar, era un hereje, un enemigo de su Dios. Y este severo trato era considerado un acto de piedad por estos fanáticos judíos.
Jesús fue clavado en la cruz, sus pies y manos atados para que no se pudiera escapar. La sangre comenzó verterse sobre la hierba verde y las blancas piedras que se asemejaban a pequeños altares. No había nada que hacer ya por él, sino esperar el fin. Su vida estaba gradualmente declinando; el cuerpo que había soportado tan cruel sufrimiento comenzó a debilitarse. Aquellos penetrantes ojos castaños que habían descubierto el aguijón de la muerte, aun estando cansados de noches sin dormir y cegados por la sangre de las heridas en su rostro, todavía se mantenían abiertos sólo para ver el amargo fin que se acercaba. Jesús observaba los movimientos de todos los que tenía a su alrededor. Contempló a los ladrones que tenía crucificados a su derecha e izquierda y a los malhechores, y se sorprendió pensando en la causa  por la cual  estos hombres estaban muriendo, entonces miró hacia el templo y la Santa Ciudad a la distancia. Unos pocos días antes había visto millares de corderos, ovejas y vacas sacrificadas por los pecados de sus compatriotas. Ahora era el mismo quien era sacrificado.
Cerca de su cruz se encontraban algunos de los dignatarios, rabís y líderes eclesiásticos que habían argumentado con él y le habían acusado. Habían venido de Jerusalén para ver a su enemigo morir, para ver si el sanador de otros podría ahora mostrar alguna milagrosa señal. Excitados provincianos judíos, con dolor oculto, estaban viendo morir a quien habían esperado que ascendiera al trono de Israel. Era un día espectacular para los judíos de Alejandría y de Roma que habían venido a celebrar la Pascua. Los soldados romanos y los guardias del templo esperaban pacientemente ser testigos de su último aliento.
Aquellos judíos que habían llegado más tarde, se acercaron al frente, aproximándose a la cruz y exclamaron: “Oh tu que destruirías el templo y lo edificarías después de tres días, si tú eres el Hijo de Dios líbrate a ti mismo y baja de esa cruz. A otros salvaste, ¿por qué entonces no puedes salvarte a ti mismo?”
Los dos ladrones y uno de los malhechores también se burlaban de él. Estos hombres participaban en la excitación general y, por unos instantes, parecieron olvidarse de que estaban igual que él en una cruz. De hecho, estos hombres habían escapado de la atención de la multitud porque todo el interés se centraba en la cruz del medio.
Multitudes tumultuosas de judíos de todos los rangos, que se habían reunido alrededor de la cruz, hablaban libremente de Jesús. Ninguno se dignó a dirigir una buena palabra hacia él. Algunos de ellos mostraron un poco de simpatía hacia él; otros disimulaban sus sentimientos y observaban fríamente, mientras que otros aun le maldecían en voz alta. “Bien decíamos nosotros que era un impostor, que él no podía ser el Cristo. No es más que un hombre. ¡Cuál Cristo! ¡Qué tipo de Cristo podía ser éste y venir a salvarnos! Él era simplemente un engañador, un impostor, un blasfemo. Ni siquiera ha tenido el coraje de un bandido para morir con honor. Sus propios males le han hecho acabar así. Dios le ha castigado.”
Unos pocos discípulos suyos, escondidos entre la multitud, estaban atónitos por el repentino desastre que se había apoderado de su líder. Algunos de ellos se olvidaron de que habían tenido algo que ver con él. El Hombre que durante un año había aspirado ser la esperanza Mesiánica anhelada desde hacía tanto tiempo, y que se había proclamado a sí mismo el gran libertador, estaba siendo crucificado entre bandidos y estaba muriendo como un malhechor. Verdaderamente habían caído en desgracia. ¿Por qué tendrían ellos que estar envueltos en este castigo? Mientras más pronto pudiesen verse libres de todo, mejor. Hasta ellos mismos dudaban ahora de que fuese el Cristo, ni tenía la menor semejanza con el hombre que habían recibido de brazos abiertos un año antes.
Jesús oyó las cosas que se decían. Su cuerpo fue torturado con castigos y estaba debilitado por la pérdida de sangre, pero su mente se mantenía despejada. Percibía cada pensamiento en las mentes de aquellos que tenía frente a él. Las dudas de sus discípulos le causaron heridas más profundas en su corazón que los azotes y los clavos en su cuerpo. Examinó los rostros de los que discutían sobre él, pero no dijo nada. Había pasado un año entero predicando, pero no había conseguido ablandar sus corazones. ¿Qué podía hacer ahora en los pocos minutos que le quedaban de vida, colgado en aquella cruz? Aquellos preciados momentos en su vida fueron invertidos en oración y en pensamientos hacia su madre, que permanecía con su cabeza cubierta en medio de la burlona multitud.
Allí estaba Jesús, el Rey de Israel, el Gobernador del Mundo, colgado sobre la cruz, con su nombre y acusación escrito en tres idiomas: hebreo, griego y latín: “Este es Jesús el Rey de los judíos.” El hebreo era la única lengua santa que los judíos leían y entendían. El griego, era la lengua del comercio, utilizado por los mercaderes extranjeros y unos pocos judíos cultos en negocios y transacciones comerciales. El latín, la lengua de la diplomacia, era utilizada por los imperialistas romanos y los militares en los asuntos de gobierno. Jesús era una víctima de los sacerdotes, hombres de negocios y políticos. Faltaba muy poco tiempo para llegar a ser proclamado Rey del Mundo en estas tres lenguas. Los sacerdotes, los ricos y los gobernantes iban a ser santificados por su cruz. Los sueños de los profetas iban a ser cumplidos. Las visiones de los emperadores que aspiraban a un imperio mundial serían desvanecidas. Un nuevo Rey sería establecido. El espíritu había triunfado sobre la carne; lo espiritual sobre lo material. Los poderes de la tierra pronto se inclinarían ante el Príncipe de los Cielos. De la cruz iba a ser elevado el Cristo para permanecer para siempre.
El silencio que Jesús había mantenido durante su sufrimiento en la cruz, había impresionado a los que lo conocían. Aquel que tan solo unos pocos días antes había derrotado a los más eminentes legisladores en la histórica ciudad en sus disputas, ya no podía ahora hablar en protesta o defensa. No podía reprender a los que le acusaban o decían de él falsos testimonios. No podía  maldecir a aquellos que le insultaban. No podía hacer un milagro y así probar su inocencia ante el pueblo. Su agonía y sufrimiento en las últimas horas ensombrecieron todas las cosas que le pasaban como un panorama delante de sus ojos. Su pesar hacia aquellos sacerdotes, que durante toda la semana se habían estado purificando a sí mismos y ofreciendo miles de ofrendas encendidas, solo para participar en un asesinato inocente, le hicieron olvidarse de sí mismo. A los ojos de los espectadores judíos, que esperaron pacientemente durante toda la tarde viéndole morir, él se encontraba pagando el supremo castigo por sus blasfemas enseñanzas. Pero en su propia mente, él sabía que estaba siendo izado en la cruz como la serpiente que levantó Moisés en el desierto. A través de su muerte iba a revelar los secretos del siniestro Sheol, el Hades, y a abrir un nuevo camino para la inmortalidad.
Jesús no tenía respuestas para las acusaciones e insultos. Pero no tardo en responder breve y contundentemente, y sólo para su Dios. Eli, Eli, lmana shabachthani en arameo significa, “Dios mío, Dios mío, para este propósito fui reservado.” “Este era mi destino. Nací y fui puesto para esta hora, para ser crucificado por la verdad. Que digan lo que quieran. Déjales pensar de esta hora lo que ellos deseen. Permíteles que la interpreten a su manera. En cuanto a mí, todo ha sido consumado. Yo entiendo por qué me encuentro aquí. Tenía que cumplir tu voluntad y estoy aquí muriendo de acuerdo a esa voluntad.”
La palabra aramea shabachthani, significa guardar, preservar. Las últimas palabras que fueron pronunciadas a través de los labios de aquel hombre que se estaba muriendo no fueron extranjeras o extrañas; fueron palabras de consolación que un oriental debe proferir cuando está sufriendo y resignado a morir injustamente. Esta es la misma respuesta que le dio a Pilato cuando estaba siendo interrogado, “¿Por qué no hablas y respondes? Yo tengo poder tanto para librarte como para crucificarte.” Jesús respondió a Pilato que no tendría poder alguno si no le hubiese sido dado por su Padre, y que él había nacido para ese propósito.
¿Cómo hubiese sido posible que Jesús cuestionase a Dios? ¿Cómo hubiese sido posible que Dios le abandonase en aquella hora? ¿Qué habrían pensado sus propios discípulos, que se encontraban cerca si le hubiesen escuchado decir que Dios le abandonó? ¡No! - Tal declaración no significaba sino un grito de victoria para sus enemigos y tenía una finalidad para aquellos que todavía tenían alguna fe en él. Los galileos que se encontraban cerca de la cruz le entendieron porque estaba hablando en su idioma. Pero tanto los soldados, como los otros que se encontraban también próximos no podían entender el arameo provinciano y pensaron que estaba llamando a Elías. La palabra Eli, Dios, y el nombre Elia, Elías, suenan de manera muy similar en arameo, especialmente cuando provienen de los fríos labios de un hombre herido y desfigurado sobre cuya cabeza pesa la muerte.
Jesús no citó el Salmo como se encuentra traducido en las biblias occidentales. Si él hubiese citado las Escrituras, las palabras en la cruz habrían sido pronunciadas en hebreo, y no en arameo. En ese caso Mateo habría añadido, “para que se cumpliese la profecía.”
Es imposible que Jesús hubiese dudado de la sabiduría y del poder de Dios en éste supremo momento después de haber proclamado a través de todo su ministerio que él estaba en estrecha armonía y comunión con la voluntad divina. Esta no fue una confesión de que Dios lo había abandonado, como la versión popular occidental implica. Fue una declaración de que Dios había por fin cumplido su propósito a través de su Hijo. No fue un grito de lamento y fatalismo que expresase el desespero de que todo había acabado y de que no había auxilio posible para él. Fue antes, un anuncio de fe en Dios, en la segura confianza de que su muerte traería la victoria final de la verdad, ya que la verdad es grande y debe siempre prevalecer.
La muerte de Jesús iba a trascender y a sobrepasar las limitaciones físicas, y a hacer viva la revelación de Dios de la redención y su eterno propósito a través de un nuevo comienzo para extender su influencia espiritual sobre toda la humanidad. Su muerte fue de hecho, la llave para abrir las puertas de la liberación para todas las personas. Un vaso de agua en el Sahara contiene todas las cualidades del agua, pero está aislado. Los barcos no pueden navegar sobre esta pequeña cantidad de agua, ni los peces vivir y nadar en ella. En el momento que esa agua se evapora llega a ser parte integral de toda el agua en el aire y en el océano. Lo mismo sucede con el hombre que se encuentra vivo físicamente hasta que se conecta con el espíritu. Así es como pensaba Jesucristo de su muerte. Era el fin de su parte física, pero un amplio comienzo de su personalidad espiritual que iba a quebrar todas las barreras de aislamiento y ganar para él y para Dios   almas leales provenientes de todas las naciones y centurias para siempre. Eso es lo que lo llevó a Jerusalén. Su muerte fue el cumplimiento de su destino, y su última palabra contenía el mensaje de triunfo en Dios su Padre, el Consolador de su alma.

Capitulo XVI. La Resurrección

Las tinieblas habían caído sobre las pronunciadas colinas de la alta ciudad. Jerusalén estaba en silencio. Los mercaderes de otros lugares ya habían desmontado sus puestos de las estrechas calles. La fiesta había acabado. Las vibrantes y dramáticas horas de la crucifixión habían terminado. La mayoría de los judíos que habían venido de lejanas tierras habían partido ya. Los demás se estaban preparando para salir en breve. Sacerdotes y ancianos habían vuelto a sus casas a descansar y discutían con sus mujeres y amigos el interesante drama que habían visto y disfrutado. No habían descansado casi nada desde hacía tres días. Durante todo el tiempo que habían estado torturando al hombre, los sumos sacerdotes casi no tuvieron tiempo para comer, ni tan siquiera para purificarse. Ahora estaban recostados en confortables almohadones de lino en sus palacios. Habían ejecutado sus sagrados deberes defendiendo la fe. Habían vencido lo que ellos pensaban que fue una batalla única en la historia de Israel. Aunque habían existido muchos levantamientos políticos e intrigas para deponer a sus reyes y mudar sus formas de gobierno, ninguna había nunca incitado a la revuelta o intentado reformar la religión y ley de Moisés sin que primero ganase una victoria política sobre el estado. Jeroboam y Acab habían conseguido esa notable proeza siendo gobernadores de Israel. Pero ninguno de los grandes profetas se había atrevido a cometer semejante atentado. De hecho, las acciones y conductas del nazareno habían sido el primer ataque abierto jamás realizado contra el sacro séquito sacerdotal, sin haber habido un antecedente político. ¿Quién podría protestar contra los males del sacerdocio y escapar sin castigo? Tan solo unas pocas observaciones habladas livianamente ya le habían costado aun a gobernadores de antaño sus coronas.
El pastor había sido abatido y sus ovejas dispersas. El revolucionario nazareno fue vencido, llevado a la muerte, y su bando de seguidores desbaratado. Los judíos eclesiásticos congratulaban a los que habían dado falsos testimonios y a los guardias del templo por su dura labor y fidelidad. Todos lucían complacidos. ¿Qué otra prueba podían desear y esperar los ciudadanos del sumo sacerdote? El misterioso hombre a quien habían condenado y colgado en la cruz era para ellos solamente un pretencioso. Si él hubiese sido Cristo, pensaban, se habría bajado de la cruz. El auto proclamado invencible Mesías, que vino para subyugar a todas las naciones de la tierra, había muerto sin ofrecer cualquier tipo de protesta o resistencia.
La satisfacción por la muerte del enemigo de su religión, no duraría mucho tiempo. El desasosiego apareció en la faz de algunos de los astutos dignatarios. Mientras más meditaban sobre la muerte de Jesús, más se turbaban sus corazones. Ellos habían cumplido con su deber, poniendo fin a la carrera del hombre que había venido del norte. Pero ellos habían enviado a la cruz a un hombre de su propia fe, que no había ofrecido la más mínima resistencia contra sus captores; que no había proferido ni una sola palabra de protesta durante su tortura, excepto cuando le fue abofeteada su mejilla por uno de los siervos que no poseía autoridad judicial; fue un hombre que voluntariamente había cargado su cruz. De hecho, mientras veían morir a Jesús, se dieron cuenta de que era muy diferente de aquel peligroso hombre de quien habían oído hablar tanto. La incertidumbre y el temor les sobrecogían ahora, a medida que otros hechos les llamaban la atención. El hombre que habían visto yendo a la cruz, como oveja para el matadero, se asemejaba a la figura del sufrido siervo predicho por el profeta Isaías. Ellos temían que pudiese resucitar, tal y como le había prometido a sus discípulos que sucedería.
En la cima del monte Gólgota, a poca distancia de la ciudad, permanecían cinco horribles cruces, manchadas de sangre. Cuatro hombres habían muerto para satisfacer a las autoridades romanas, uno para agradar a la burocracia religiosa. Los cinco eran judíos y miembros de la fe judía. Los cuatro primeros habían conspirado contra las autoridades políticas, el quinto fue acusado de blasfemo. El “León de Judá,” aprisionado en la tumba, en breve seria levantado en victoria.
Dentro de los muros de la ciudad unos cuantos discípulos y amigos todavía permanecían escondidos. El resto había huido a toda prisa hacia el norte, en dirección a Galilea, tratando de escapar del arresto. Algunos de ellos, ya habían recuperado sus viejas redes y barcas y se estaban dedicando nuevamente a pescar. Aunque estaban desconcertados y perplejos, todavía guardaban la fe en su Maestro. Parecían haber perdido el tiempo siguiéndole. Él había dado su vida para hacer que la fe de los judíos locales transcendiese sus fronteras y llegase a ser la fe del mundo entero. Un sumo sacerdote hubiera dado su vida en defensa de su religión, por el bien de su posición oficial y honor. Jesús no había dejado nada, sólo una madre a quien le había encomendado su cuidado a uno de sus amados discípulos. Aun sus vestiduras habían sido repartidas entre los soldados.
Los más fieles entre sus seguidores no podían creer que su Maestro les había abandonado. Aquel que habían visto clavado en la cruz, había levantado muertos y abierto los ojos a los ciegos. ¿Cómo era posible que hubiese muerto? Atónitos como estaban debido al desastre que había caído sobre su Maestro, la mayoría de ellos difícilmente podían acordarse de lo que había sucedido en aquel miércoles por la tarde. Se les hacía muy difícil creer que su Señor hubiese muerto. Las circunstancias que se dieron en su arresto, tortura y crucifixión ocurrieron todas en una tan rápida sucesión y excitación, que ellos no podían recordar qué era lo que exactamente había acontecido. En Caná y en otras partes, las personas conversaban acerca de la muerte del nazareno que había sido tan difundida por todo el país. Algunos le condenaban fuertemente, otros elogiaban su gran valentía y la gracia de sus palabras, y había otros que sencillamente no sabían qué decir.
Entre tanto que sus discípulos pasaban por confusas experiencias, la vida de su Maestro había terminado, pero ellos no podían creer que todo hubiese llegado a un fin. Él había dicho que su muerte era la única vía hacia la victoria, que volvería a levantarse de nuevo, que volvería con ellos. Algunos no podían creer que aquel que levantó a los muertos pudiera permanecer en la tumba. Ellos lo habían visto escaparse de sus enemigos en otras ocasiones. ¿Por qué no podría hacerlo de nuevo? Algunos de sus discípulos habían desaparecido desde el miércoles por la noche, pero habían vuelto a Jerusalén el sábado.
Esperando encubiertamente en la Balakhana, la posada, en sus poderosas y penetrantes imaginaciones orientales, se imaginaban a Jesús de pie delante de ellos. Ellos se planteaban todo este asunto. Su Maestro se encontraba realmente muerto y sus esperanzas del reino en la tierra se habían desvanecido. Con sus sueños de aspiraciones materiales destruidos, ellos comenzaron a meditar espiritualmente. Mientras más pensaban en Jesús, mejor comprendían ahora sus enseñanzas. Cuando estaba con ellos, tomaban sus dichos literalmente. Ahora lo veían todo más claramente. El reino de los cielos que había proclamado, era el reino eterno. Los reinos terrenales llegarán a su fin, y todas las personas en breve se inclinarán ante el Príncipe de los Cielos. La vida temporal iba a ser incorporada con la vida eterna. Su Maestro les había mostrado el camino. Había dado una nueva esperanza a la humanidad, y a la muerte un nuevo significado.
Otros movimientos religiosos habían triunfado o fracasado durante el tiempo en que vivieron sus fundadores. Cuando los fundadores murieron, sus seguidores fueron esparcidos y desaparecieron. Pero la doctrina de Jesús era la doctrina del Dios Viviente. Él les había prometido a sus seguidores que estaría con ellos para siempre. La muerte no podía separarlo de aquellos a quienes amaba. El invencible Sheol que los judíos pensaban, no estaba dentro de la potestad inclusive de su mismo Dios, fue conquistado y sus puertas cerradas, fueron abiertas. Este siniestro Sheol oprimía con fuerza sus ataduras sobre las personas. Cuando un judío moría, se dirigía a este lugar de silencio y sueño, donde era cortado y separado de su Dios.
La salvación del individuo dependía en la continuidad de su posteridad. El muerto vivía en y a través de sus descendientes. No había resurrección. Cuando el Mesías viniese, aquellos que estaban vivos serían organizados en un reino eterno. Este era el concepto que tenían los hebreos sobre la muerte, y esa era la causa por la que se les hacía tan difícil a los discípulos creer que su Señor verdaderamente sería levantado.
Era el principio del sábado. En el oriente, el día se cuenta desde la puesta del sol hasta la siguiente puesta del sol. La quietud de la noche había pasado. Las calles de Jerusalén comenzaban a llenarse de gente. Las últimas caravanas se estaban preparando para ir a sus destinos.
Saliendo de su reclusión y en duelo tres mujeres caminaban en silencio. Sus cabezas estaban cubiertas con velos negros; sus ojos observaban a todos los que pasaban a su lado. Eran María Magdalena, Salomé y María la hermana de Marta. Iban de camino al sepulcro para ofrecerle su último tributo al Amado. Comenzaba el tercer día desde su muerte. Como pensaban, el espíritu de su Señor iba a volver de nuevo a su cuerpo, pero solamente por unos pocos minutos. Todavía se mantiene la creencia de que el espíritu del muerto regresa al tercer día para decirle adiós al cuerpo. Los parientes y amigos de un hombre que ha muerto, esperan en el sepulcro al tercer día, para estar una última vez en compañía de su pariente que ha vuelto para visitarlos.
A esta ceremonia habitualmente sólo asisten las mujeres, que rodean la sepultura, lloran y le hablan al muerto, llamándole por su nombre.
Las mujeres discípulas no querían perderse esta ocasión. Querían llorar en el sepulcro una vez más. Pero en esta ocasión su Señor las escucharía, y aunque no pudieran verlo, él sí las podía ver a ellas. Cuando llegaron, se quedaron extrañadas; el sepulcro se encontraba abierto. Un ángel había removido la gran piedra y estaba sentado encima de ella. Al principio pensaron que el cuerpo había sido robado. Los judíos habían insistido con los romanos para que ejercieran una estricta vigilancia sobre el sepulcro, temiendo que los discípulos pudiesen tener la osadía de robar el cuerpo. Los pocos seguidores fieles que habían permanecido en Jerusalén, también pensaron que los fanáticos judíos,  encendidos en su odio, debieron secretamente haber removido el cuerpo y lo habían puesto en algún lugar desconocido, para que sus discípulos no lo hallasen o tratasen de hacer un santuario de su sepulcro.
Entristecidas y desoladas por la desaparición del cuerpo de su Señor, las mujeres se miraban tímidamente las unas a las otras, cubriendo sus cabezas y mirando con tristeza de vez en cuando dentro del sepulcro vacío. Ellas habían venido para darle su último adiós a su Amado, pero Jesús no estaba allí. “¿Dónde estaría él?” comenzaron a clamar y a cuestionarse la una a la otra. Los judíos no habrían podido sacarlo de allí, porque ellos no pueden tocar un cuerpo muerto. ¿Quién más habría podido robarlo? Entonces el ángel que se mantenía vigilante sobre el sepulcro vacio, les refirió que su Señor había resucitado y que se encontraría con ellas en Galilea, y que ellas debían volver y anunciárselo al resto de los discípulos.
Este es el vital testimonio que los discípulos del Cristo vivo dan a conocer en cada una de las sucesivas generaciones hasta nuestros días. Y quiera Dios, que lo continúen haciendo de igual forma hasta los confines del tiempo: El hecho de que el Resucitado es la ciertísima gloria y la permanente esperanza de la Iglesia. Esta es la victoriosa verdad que hace que la vida tenga valor y sea digna de vivirse, aquí, y en la posteridad.       

viernes, 18 de abril de 2014

"LAVANDO LOS PIES" Y "LA TRAICION" - Por George M. Lamsa

FRAGMENTO DEL LIBRO “MI VECINO JESÚS”
Una visión de nuestro Salvador a la luz de su lenguaje, gente y tiempo. Escrito en 1932 por la mente oriental de George M. Lamsa.
Traducido por Juan Luis Molina y Claudia Juárez.
CapituloXII. Lavando los Pies
Cuando Jesús se encontraba en Betania, sus amigos le insistían para que no subiese a Jerusalén. Sabían de antemano que sería arrestado. Muchos de ellos habían oído decir que los fariseos y sacerdotes estaban tratando de echarle mano y capturarlo. Le imploraban que no atendiese a la Pascua en ese año. “Rabí, es mejor que no pongas los pies allí este año. Volvamos antes a Galilea,” le dijo Pedro con el corazón quebrantado y las lágrimas corriéndole por las mejillas. Ni tan siquiera su madre, que había venido a verle, o Marta y María que lo amaban tanto, pudieron hacer que mudase de idea en sus propósitos. Sus discípulos se dieron cuenta de que estaba decidido y de que muy pronto les sería quitado de su lado.
Mientras ellos se encontraban en Galilea, los sacerdotes en Jerusalén habían hecho todo lo posible por capturarle. Pero en Galilea las cosas eran diferentes; porque allí los sacerdotes tenían muy poca influencia, y además, la gente de Galilea no tenía buenas relaciones con los de Judea. Prevalecía una muy arraigada antipatía racial mutua. Los de Galilea despreciaban a los judíos del sur porque acataban los términos Romanos y Herodianos y soportaban todo con tal de no perder los ingresos que el templo les daba. Además, la mayoría de esta región del Norte se encontraba más o menos anexada a la provincia romana de Siria. Jerusalén era la capital. El templo, que había llegado a ser la institución más sagrada en la vida de la nación, se identificaba con el gran Sanedrín. El gobierno del Senado se hallaba también en la Santa Ciudad. Los romanos eran diplomáticos. Ellos complacían a las autoridades eclesiásticas judías con el fin de ser capaces de gobernar a los rebeldes judíos del sur. ¿Qué más daba si el Sanedrín le pidiese al gobernador romano que arrestase y asesinase a un judío de su raza? Los romanos estarían dispuestos a todo para complacerles.
A medida que se acercaba la hora, los discípulos comenzaron a pensar como verse libres de todo, pensando en su propio futuro. “Supongamos que lo arrestan y lo matan, y como resultado, ¡el pueblo se sublevará contra los sacerdotes! aprovechando esa oportunidad para quitar su yugo sobre nosotros. ¿Quién entonces tomara las riendas? ¿Quién será su sucesor?” -Jesús nunca había escogido un sucesor. Él les había prometido que estaría siempre con ellos. Algunas veces había hablado acerca de su muerte, pero daba la impresión cuando lo hacía que, su muerte, ocasionaría la victoria sobre sus enemigos. Tenían la esperanza de que habiendo durante todo el tiempo hecho tantas maravillas, pudiese al final hacer un gran milagro que les hiciese doblar sus rodillas a los sacerdotes delante de él. Además, fueron avisados de que algunos de los sacerdotes no querían arrestar a su Maestro por temor a un levantamiento y a una revolución sangrienta.
Entonces se persuadieron nuevamente de que, mientras estuviese muriendo, él podría mostrar alguna señal sobrenatural que cautivase el corazón de la gente y se volviese para él. Ellos también pensaron que, tal vez moriría, para despertar el sentimiento en el público para que luchasen por su causa. No sería nada extraño o inusual. Hubo hombres que hicieron bastante menos que Jesús y que ejercieron una mayor influencia sobre sus seguidores después de muertos que cuando estaban vivos. Juan había sido mandado decapitar por un rey que no era de sus contornos, un nieto de un usurpador de Idumea. Pero el pueblo nunca toleraría el asesinato de un profeta por manos de los líderes religiosos de su propia raza. ¡Especialmente un hombre tan loable como Jesús! Si esto sucediese, sus discípulos tendrían que ocupar su lugar y llevar a cabo su obra.
¿Quién, entonces, sería el cabecilla del movimiento? ¿Quién tendría suficiente coraje para liderar a la gente? Mateo entendía bien de asuntos de gobierno. Había pasado la mayor parte de su vida ejerciendo cargos públicos y políticos. Como diplomático que era, tal vez pudiese persuadir al pueblo; probablemente podría organizarlos y hacer que tuviesen armas y dedicarse a hacer tratos e intrigas. Así pensaba él sin duda. Pedro declaró: “A mí me encomendó sus ovejas. Debo alimentar a las ovejas y a los corderos.” Juan sugirió, “Yo soy su mejor amigo. Él me prometió que yo me sentaría a su mano derecha.” Jesús había estado escuchando la mayor parte de estas conversaciones, pero guardó todas estas cosas en su corazón y esperó a la cena que se estaba preparando, entonces, y a su tiempo, les revelaría el secreto de su ministerio.
Era día de Pascua. Salieron de Betania y subían el Monte de los Olivos. Jesús instruyó a dos de sus discípulos que fuesen a la ciudad para que preparasen la Pascua. “Encontraréis a un hombre con un cántaro de agua en su cabeza. Seguidle. Donde le veáis entrar, entrad vosotros, y decidle al señor  de la casa que prepare sitio para que celebremos la Pascua.” Jesús ya había estado en este lugar público, balakhana o casa tipo cafetería, en muchas otras ocasiones cuando se encontraba en Jerusalén. El lugar era muy frecuentado por galileos y extranjeros. Conocía a su propietario y al siervo que cargaba con el cántaro de agua y servía a los convidados.
El agua siempre era invariablemente llevada en cántaros por las mujeres, excepto en el caso de que se destinase a un local público donde sólo pudieran estar hombres. Los convidados en un balakhana son siempre hombres; una sirvienta no puede ser empleada en dicho lugar. La mayoría de los que habían traído a su mujer con ellos se hospedaban en casa de amigos o familiares. Tal vez fuese este el único local disponible en todo Jerusalén para huéspedes que no tuviesen sus mujeres con ellos. En el Oriente ¿quién estaría dispuesto a invitar a trece hombres sin sus mujeres a su casa, aunque todos ellos fuesen santos?
Ya era casi de noche. La mayoría de las calles se encontraban desiertas. Unos pocos comerciantes y soldados romanos eran las únicas personas en los caminos. Jesús y sus discípulos entraron en Jerusalén de manera desapercibida. La ciudad estaba en silencio. Las trémulas lámparas de Jerusalén era lo único que se veía. Todas las personas se encontraban en casa, listas para comer la Pascua con celeridad, repitiendo así la costumbre que sus antepasados habían realizado por primera vez hacía dos mil años atrás.
Cuando llegó la hora y la cena estaba lista, Jesús y sus discípulos, de acuerdo a la costumbre, se sentaron en el suelo haciendo un círculo en una de las pequeñas habitaciones del lugar. Debido a que el pan se considera sagrado en el Oriente, los orientales creen que es un pecado depositarlo encima de la mesa, o sentarse en una silla mientras se come. El diablo sabría encontrar un sitio entre la silla y el suelo, piensan ellos. Cuchillos y tenedores no deben tampoco tocar en el pan sagrado; debe ser troceado con las manos solamente. Las mesas eran desconocidas, y todavía son desconocidas en muchos países orientales. El pequeño grupo de amigos estaba sentado en el suelo, sus piernas cruzadas, sus sombreros en sus cabezas, y sus zapatos dejados fuera de la habitación. Los criados comenzaron a servir la bandeja de la Pascua: cordero, vino y panes sin levadura. Esta era la comida que todos los judíos tenían que comer en aquella noche, y Jesús tenía que comerla por última vez con sus discípulos. Un vaso de barro, una pequeña jarra llena de vino, dos o tres bandejas, de acuerdo al número de los reunidos, se colocaban en el suelo sobre una base denominada pathrora.
Dos platos y dos cucharas de madera se consideraban suficientes para diez convidados. Cada convidado comía con la cuchara cuando le llegaba su turno y se la pasaba quien se encontraba sentado a su lado. Todos ellos bebían del mismo vaso. Esto no se debía a costumbre alguna en particular, sino para ahorrar platos, vasos de barro y cucharas. Los orientales no le tienen miedo, ni creen en los gérmenes.
El vaso se ponía en medio y así estaba siempre cercano de todos los que hacían parte en el círculo. La jarra se encontraba cerca de Jesús. Él tenía que purificar el vino y beber de él primero. Antes de comenzar a comer, Jesús se puso a lavar los pies de sus discípulos. Tomó con él un delantal de los criados y se lo ató a su cintura dejando con todo esto confuso a Pedro. “Maestro, a mí no. No permitiré que hagas eso.” Pero Jesús comenzó a explicarles que, el más grande entre ellos, debía ser el más pequeño; que aquel que quisiese ser su maestro, debía ser siervo de todos. Él les había dicho que a nadie llamasen Rabí; que no procurasen el poder político; porque el reino de su Maestro no era de éste mundo. Ellos no tenían que buscar posiciones temporales en su reino. Esta fue la respuesta a todas las discusiones referentes al liderazgo que habían estado entablando en Betania. Jesús estaba dispuesto a lavar los pies de todos, incluso también los de Judas.

Capitilo XIII. La Traición
Era un día de regocijo para todos los judíos, y todo en Jerusalén estaba listo para la Pascua. Algunos de los discípulos olvidaron por un tiempo la conversación que habían tenido y estaban felices. Otros estaban tristes desde que se sentaron a comer y observaban a su Maestro que les hablaba de su muerte, de su propia muerte, pero  también se refirió a uno de ellos diciendo: “De cierto, de cierto os digo que uno de vosotros me entregará.” Estaban atónitos y llenos de miedo. Se olvidaron de la comida y se miraban unos a otros. “¿Seré yo, Maestro?” preguntó Judas. Jesús respondió, “Aquel que mete su mano en mi plato.” Aquel mismo era Judas. Estaba sentado al lado de Jesús, pero él estaba comiendo de otro plato, también, de vez en cuando comía del plato cercano a Jesús. Judas mudó el color de su semblante. Se había comportado de manera extraña toda aquella semana, pero de todas maneras se sorprendió de cómo su Señor había descubierto los secretos planes que había hecho.
En el Oriente los siervos son siempre muy cuidadosos a la hora de preparar los platos. El mejor plato, con la comida más deliciosa, se coloca siempre delante de quien preside y de aquellos que se encuentran sentados más cerca de él. En esta parte de la mesa, la comida es más abundante y rica. Pero los convidados no se cohíben de extender sus brazos hacia los demás platos. Los platos se intercambian, el pan se pasa de mano en mano, la comida es envuelta en finas hogazas de pan, se pone en envoltorios, y se lleva para casa. La peor cosa que se puede hacer es pasar un trozo de pan embebido en la sopa a su amigo. De acuerdo a la superstición común entre orientales, cuando se le pasa un trozo de pan embebido del cual se ha comido ya un poco, eso significa el rompimiento de la amistad entre los dos hombres.
En el transcurso de la cena Jesús tomó el pan y lo partió, diciendo, Sow akhul hana pagre, “Tomad y comed; éste es mi cuerpo.” Fijó su vista en el cordero que iban a comer. Al cordero lo identifican todos los judíos con la salvación de su raza. A los ojos de Jesús, sin embargo, este cordero no era otra cosa sino la carne muerta de un animal sacrificado en contra de su voluntad. “Esto no es nada; no piensen más así de este cordero. Este rito ha sido abolido. No más corderos, no más sacrificios. Dios está hastiado de la sangre de animales sacrificados cada día. Olvidaros ya de Egipto. El cordero de Egipto no puede libertaros de la esclavitud del pecado. Nunca serán personas libres. Aun ahora estáis bajo el yugo de Roma. Sois esclavos de vuestro pecado. Este cordero solo ha servido para vuestros padres temporalmente como una representación del que estaba por venir, pero de aquí en adelante yo soy el Cordero. Yo soy el Cordero de Dios; el cordero que la humanidad ha escogido para ofrecerle a mi Padre. Este es mi cuerpo, el sacrificio último y eterno. ¿Por qué tendrían que morir inocentes animales por culpa del pecado de los hombres? De aquí en adelante, cuando hagáis esto, lo haréis en memoria de mi.”
Mientras estaban comiendo, tomó el jarro y vertió en un vaso un poco de vino tinto, omitiendo así los protocolos de etiqueta formales con sus discípulos. El vino que alegra el corazón de los hombres era para Jesús una copa de dolores. El vino representaba la sangre que tenía que derramar sobre la cruz. No era como la sangre que los hebreos pusieron en el dintel de sus casas antes de salir de Egipto, para distinguir las casas de los hebreos de las que eran de los egipcios. Su sangre sería un nuevo pacto, no ya solamente para los judíos, sino también para toda la humanidad. Sow eshtaw minney culkhon. Hanaw dem dad-yatekey khdata daglap sageye miteshed lshokana dagtahey: Tomad y bebed; ésta es mi sangre del nuevo pacto que es derramada para la remisión de los pecados.” Jesús había bebido todo el contenido del vaso en memoria de la salvación de  su gente. Había hecho en su memoria beber a sus discípulos. El énfasis en arameo se halla en kolma, “siempre que,” lo que significaba que “cada vez que lo hiciereis,” o, cuando de aquí en adelante lo hagáis en los subsecuentes años.
Jesús sabía que aquella misma noche los fariseos y los altos sacerdotes también estaban bebiendo la misma copa. Pero para ellos era una copa de victoria. Porque, al fin y al cabo, ya habían triunfado sobre su enemigo, aquel que había procurado destruir los negocios que tanto trabajo les había costado edificar. Todo esto ya no tenía nada que ver con Egipto. En lo que les concernía, para estos sacerdotes todas estas celebraciones religiosas ya habían perdido hacía mucho tiempo la mayor parte de su significado. Con lo que se preocupaban ahora, eso sí, era con el profeta de Galilea, aquel que pretendía la silla que ellos estaban ocupando.
La frase proferida en arameo, “este es mi cuerpo y esta es mi sangre” lleva consigo al cordero sacrificado anteriormente en Egipto. Aunque Jesús se refería a los elementos en la mesa, sus palabras invitaban a la imaginación de sus discípulos al origen de esta antigua costumbre, la carne y la sangre de un cordero que sus padres habían comido rápidamente mientras dejaban atrás la tierra de su exilio.
El sol ya se había puesto detrás de las colinas. El radiante cielo de Palestina se volvió en oscuridad, y la luz del día decaía en el horizonte. La Fiesta de la Pascua había terminado. Ahora había que buscar algún sitio donde reposar. Jesús y sus discípulos, excepto Judas, decidieron dirigirse hasta Getsemaní, la meseta al noroeste del Valle de Cedrón a la vista del templo. La mayoría de la gente se encontraba dormida, a excepción de los viajeros ocasionales, pastores que vigilaban sus rebaños, y alguna gente extraña que por ocasión de la fiesta no encontraban sitio donde reposar, pero los sumos sacerdotes también estaban despiertos, reuniendo un concilio.
Jesús apartándose de sus discípulos los dejó descansar en la meseta cerca del valle y escaló hasta la cima del monte desde donde se divisaba Jericó, alejándose así de sus enemigos y discípulos. Un sitio maravilloso para intimidar y orar, y desde donde escapar si fuera necesario. Allí se mantuvo en oración. El momento más amargo de su existencia se aproximaba. O se entregaba en manos de los hombres, o se evaporaba escapándose y desaparecía; pero esta última decisión sería una cobarde alternativa, especialmente para un galileo. Sus discípulos dormían. Se encontraban agotados y no pudieron mantenerse vigilantes en oración.
En aquella silenciosa hora de oración y agonía, aquel anochecer en Getsemaní, ¡en las largas horas de soledad! Jesús enfrentaba ahora la segunda tentación. Era  ahora cuando tenía que decidir su futuro. Su fin en la tierra había llegado. Uno de sus discípulos se había vuelto contra él. Los demás se encontraban desilusionados y durmiendo pacíficamente. El mundo pasó frente a sus ojos, teniendo una vez más delante de sí el mismo diablo que lo había tentado en el desierto. La tentación era el doble de fuerte esta vez. Ahora Jesús no tenía hambre de pan, ni sentía el deseo de ser gobernador de ningún reino.
Hubo hombres que ayunaron durante cuarenta días en el desierto y que sobrevivieron. Reinos habían sido perdidos, honores declinados, coronas desechadas, pero la vida era más estimada o apreciada que todo en el mundo. Hombres ricos despreciarían sus millones con tal de que sus vidas pudiesen ser prolongadas al menos por una hora, pero para Jesús la muerte significaba la vida. El fracaso era triunfo. Los asuntos físicos y materiales no le importaban para nada. Sólo miraba al espíritu que no puede la muerte destruir. La muerte, que los hombres decían ser una calamidad, era para él un verdadero triunfo y victoria. Hasta ahora, él se había aparecido delante de los ojos de sus discípulos y lo reconocían como un hombre vivo, pero en breve sería venerado como un dios. Jesús apenas había comenzado a vivir y a escribir una nueva doctrina en los corazones de los hombres. En el pasado había estado viviendo oculto en los montes de Judea y alrededor del Mar de Galilea, pero ahora llegaría a vivir en todo el mundo y en la intimidad de los corazones de los hombres.
Durante aquellas silenciosas horas de oración, Jesús tenía que decidir entre seguir viviendo para sí mismo o vivir para el mundo, si la voz que le había murmurado a sus oídos en el Rio Jordán era de la voz de Dios, o simplemente un fue un eco proveniente del vacío. Los profetas habían predicho los sufrimientos del Mesías. Las escrituras tenían que cumplirse. Si Dios estaba con él, ¿qué diferencia podría hacer si estaba vivo, tanto como si muriese? Moisés había muerto hacía unos doce siglos atrás, pero ahora se encontraba realmente vivo en los corazones judíos. Mientras estaba vivo era odiado, sus Mandamientos quebrados. Ahora era amado, y sus leyes se observaban estrictamente. Jesús mismo tenía que morir porque, a los ojos de los judíos, él no respetaba la ley, ni guardaba el sábado como ellos suponían que debería hacerlo.
Esta era la oportunidad más grande para su adversario, el diablo. Había otro adversario, tal vez superior al diablo –la siniestra muerte, del cual han sido sus víctimas toda la raza humana. Este tan temido enemigo de la humanidad, estaba ahora echándole mano y esperando por los clavos que le horadarían sus pies y manos. Por un momento Jesús pensó que tal vez pudiese escaparse descendiendo desde Getsemaní a Jericó, y cruzando el Jordán hasta el desierto. ¿Quién lo encontraría? Entonces comenzó a cuestionarse a sí mismo sobre todo este asunto si merecería la pena. Su cuerpo humano protestaba y se resistía. La carne era débil pero el espíritu fuerte. “¿Por qué debería morir yo por esta clase de gente? ¿Qué es lo que pensarían mis amigos de mí? Mi madre caería en desgracia, y el impacto que le produciría una muerte así la mataría. La gente pensará siempre que yo estaba equivocado, y que esa fue la causa por la que me encontré con una muerte así. ¿Por qué debería yo ser asesinado por gente de mi misma fe? ¿Por qué tendría que ser tratado como un traidor, un blasfemo? Ellos nunca comprenderán mi posición o decisión.”
Mientras estaba orando, gimiendo y pensando, se perturbó con un leve ruido causado por las hojas secas en la serranía, o tal vez por viajeros que venían desde el norte. Se volvió apresurado hacia sus discípulos. “Levantaos, vámonos, porque aquel que me entrega se está acercando.” Ellos se despertaron, pero no vieron a nadie. Y él se volvió de nuevo para orar.
Mientras estaba orando, Jesús de vez en cuando dirigía su mirada hacia Jerusalén, y algunas señales de luz y sonido de voces en la distancia le produjeron aun más temor. Les había dicho a sus discípulos que durmiesen mientras él seguía orando. Arrodillado sobre las blancas piedras de Getsemaní, Jesús estaba de nuevo sumergido en sus pensamientos. Vio el símbolo de su cruz en pie delante de sus ojos, y a sí mismo puesto sobre ella. Había visto a otros galileos morir ejecutados de manera similar. Cuatro judíos que habían sido arrestados iban a morir así después de la Pascua. En medio de ellos estaría el Hijo de la humanidad, y la humanidad sería salva por su muerte. También el diablo que lo había tentado en el desierto se encontraría allí, pero en ese momento no se esforzaría en tentarle. Estaría sobre él como un vencedor que había conquistado a su enemigo; con sus brazos cruzados sobre su pecho y con una pretendida señal de simpatía por aquel que no le había hecho caso. “Si me hubieses escuchado no habrías acabado así. Habrías sido la gran estrella de esta Fiesta. En vez de ser recibido con honras por aquella insultante procesión de niños y pobres cuando entraste en la ciudad, habrías sido recibido por los eminentes sacerdotes de brazos abiertos.”
Pero Jesús se mantenía en silencio, con lágrimas en sus ojos. Ave, in mishkha nibran casa hana bram la akh dinna, savena ela akh datt. Padre mío, si es posible, que pase de mi esta copa; pero que no sea mi voluntad, sino la tuya.” Tenía que beber una copa que los sacerdotes de su Padre habían llenado de veneno. El se había autoproclamando como rey, pero sólo para llevar una corona de espinas. Por unos instantes se abstrajo pensando en sus discípulos y en su madre a quienes iba a dejar. El amaba la vida y  amó a los que le conocieron.
Había más cosas que hacer, pero las podría dejar todas para después. No tenía miedo a la muerte que solamente puede destruir  el cuerpo. El temido sheol, el lugar de sombras y tinieblas, no podría retenerlo. No podría separarlo del Dios Viviente. Él podía haberse escapado con sus discípulos a lugares donde sus enemigos nunca hubiesen podido perseguirle, pero para él todo había terminado. Tuvo que venir a Jerusalén sólo para morir y acabar de esa forma.
Eran cerca de las nueve de la noche. En el oriente las personas se van a descansar muy temprano: se van a dormir cuando el sol se pone y se levantan cuando sale. Era muy tarde para estar levantado de acuerdo a la costumbre de la silenciosa ciudad. Pero ya no tendrían que esperar mucho más tiempo. En breve los guardas del templo y los siervos del sumo sacerdote descenderían desde el patio del templo, y llevando consigo linternas en sus manos atravesarían el valle de Cedrón y se introducirían en el Jardín de Getsemaní. Allí los dirigiría quien le entregaba. Jesús vio las trémulas lámparas de aceite. En pocos minutos los oficiales, acompañados por Judas, estarían en el Jardín buscando a Jesús.
 “¿A quién buscáis?” les preguntó Jesús. “A Jesús de Nazaret.” Y él replicó, “Yo soy.”
Habían salido contra él como se sale para arrestar a un criminal. Pero Jesús, con suaves palabras, les dijo que él era el hombre que ellos querían, y les imploró que dejasen ir libres a sus discípulos. Los guardias estaban atónitos con la humildad de este hombre. Esperaban que el galileo ofreciese al final alguna resistencia, pero rápidamente se dieron cuenta de que sus espadas y puñales serían innecesarios en el arresto. Jesús no opuso ninguna resistencia. En pocos minutos sus manos fueron atadas detrás de él y fue llevado al palacio del sumo sacerdote.
Inmediatamente algunos de los siervos fueron a despertar a los miembros del Sanedrín que no hacían parte del concilio, y les pidieron que se presentasen rápidamente en la casa del sumo sacerdote. Algunos de estos hombres de cierta edad no sabían porqué habían sido llamados a tan altas horas. No sabían quién era Jesús, y nunca habían oído hablar de él. “¿Cuál Jesús?” preguntaron a los siervos. “El Rabí, el hombre de Galilea. El hombre que había estado creando tantos disturbios entre los fieles y devotos.” Mientras se dirigían a la habitación donde se celebraba el concilio vieron a Jesús, rodeado por guardias, esperando en un cuarto exterior para ser llamado. Tan pronto como se juntaron en la asamblea, Jesús fue traído en medio de ellos. El sumo sacerdote clamó en voz alta para que todos le escuchasen. “Este es el hombre, Jesús de Nazaret, un galileo, que durante algún tiempo ha estado perturbando la paz de la nación; el hombre que ha estado tratando de estorbarnos a nosotros y a nuestras familias.” Jesús se mantenía en silencio en medio del círculo hecho en la sala del consejo, mientras los miembros del Sanedrín se recostaban en las almohadas de seda y sus rostros se fijaban en la faz del prisionero.
Para Jesús esta era una ocasión única. Durante unos instantes se olvidó de lo que estaba sucediendo y del motivo porque se encontraba allí. La solemnidad del momento sobrepasaba todo lo demás. Mientras los dignatarios judíos hablaban, él se mantuvo observándolos atentamente, como si él no tuviese nada que ver con lo que estaba ocurriendo. Algunos pensaron que estaba loco; otros pensaban que se encontraba simplemente aterrorizado. Fue la primera vez en su vida que se hallaba tan cerca y tan a la mano de los sumos sacerdotes y los gobernadores de su raza. Aquel mismo formidable sumo sacerdote a quien él raramente había visto desde lejos, entrando y llevando consigo las Sagradas Escrituras al Lugar Santísimo, se encontraba ahora recostado en una lujosa y confortable almohada delante de sus ojos, sentado para juzgar.
Durante unos instantes se quedó examinándolos. Observaba cada uno de los movimientos que hacía el sumo sacerdote y de aquellos que se encontraban sentados a su lado, pero a sus ojos, éste grupo de hombres piadosos no era mejor que una horda de  bestias irracionales. Ejercían altos cargos eclesiásticos, pero eran muy bajos en sus intenciones y en carácter. Se suponía que eran los guardianes de los libros sagrados y de la ley, pero en realidad, ellos eran líderes del engaño, y unos ignorantes de las Escrituras y de la verdad. La mayoría de ellos, especialmente los que ostentaban cargos más elevados, habían engordado mucho con la carne de los sacrificios. Secretamente se comían las mejores partes de lo que era supuesto ser una ofrenda especial depositada sobre el altar de oro en el templo. Se emborrachaban bebiendo el vino santificado y se comían el pan que se hallaba puesto en el Lugar Santísimo. Nunca se preocupaban con nada, excepto cuando dividían entre sí las provechosas riquezas depositadas en el templo, y entonces muy a menudo se engañaban astutamente unos a otros. Había miles de estos afortunados eclesiásticos entre los que se repartían estos privilegios del templo, y quienes habían encontrado una manera fácil de vivir bajo el manto aparente de  “sacerdotes de Dios.”
Después de algunas pocas formalidades en los trámites judiciales, fueron puestas  delante de Jesús todo tipo de acusaciones y de falsos testigos, pero él no respondió a ninguna de sus preguntas y provocaciones. ¿Para que habría de responder? Cuando el sumo sacerdote le preguntó por qué no respondía a las acusaciones que hacían contra él, Jesús le dijo: “Si yo os respondiese, vosotros no me creeríais, ni tampoco me soltaríais.” Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras. Debía incitarle a decir algo para poder condenarle. Entonces lo puso bajo sagrado juramento y le hizo jurar en el nombre del Dios Viviente: “Dinos abiertamente, ¿eres tú el Cristo, el Hijo del Dios Vivo?”
El tiempo de Jesús para hablar había llegado. Ya no podía permanecer más en silencio. Pero él no respondería sí o no, sino “Tú lo has dicho.” Las palabras arameas Att amaratt significan “lo dices,” o “Yo no entiendo bien lo que quieres decir con el ‘Hijo de Dios’.” Jesús sabía que ellos solamente le habían entendido literalmente. La religión pagana gozaba de una fuerte influencia en Palestina durante aquel tiempo. Los dioses griegos y romanos tenían esposas, concubinas e hijos. Jesús siendo galileo y prácticamente un gentil (extranjero de otra nación) a los ojos de los judíos, lo que enseñaba acerca de Dios era considerado sospechoso a sus oídos. Aunque los judíos se referían a Dios como Padre y a los hombres como sus hijos, ellos eran intransigentes e intolerantes acerca de otros paganos conceptos de dioses, que habían sido concebidos y nacidos como seres humanos.
Hubo un momento de pausa y silencio. Jesús debía responder ahora o negar el título, y  además tendría que responderles con sumo cuidado. “De cierto os digo que desde ahora veréis Lawrey d´nasha, al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo entre las nubes del cielo.” Los sacerdotes habían escuchado con sus propios oídos sus palabras, y ya no había necesidad de más preguntas. Su afirmación de sentarse a la diestra de Dios fue suficiente para condenarlo.
Jesús no respondió directamente. Si lo hubiera hecho, su respuesta hubiese sido “Aenque significa “Sí,” o “La,” que significa “No.” Att Amaratt sin embargo no es una respuesta definitiva. Antes bien ponía en duda la pregunta. Jesús no estaba tratando de ocultar que él era el Hijo de Dios. Él sabía muy bien el por qué el sumo sacerdote le habían puesto bajo juramento cuando le hizo esa pregunta. De acuerdo a la ley judía es contrario a la ley hacerse a uno mismo igual a Dios. La blasfemia es castigada con la muerte. El anciano sumo sacerdote no había comprendido el significado de que Jesús era el Hijo de Dios y la Paternidad de Dios. Jesús no estaba dispuesto a condenarse a sí mismo a través de la ignorancia teológica de sus acusadores. Eso hubiese significado el suicidio.
Los judíos habían perdido su independencia política hacía ya mucho tiempo, por eso ellos no podían entregar a ningún hombre a la muerte. Eso era algo que tan solo le competía decidir a los gobernadores romanos. Así, pues, de acuerdo con la ley, trajeron a otros testigos para que testificasen que Jesús había dicho que él era un rey, y que le había dicho a la gente que no pagasen impuestos a Roma; que había incitado a una rebelión en Galilea y a través de toda Judea. Estos eran cargos muy graves de tipo político. Acusaciones como que él era el Hijo de Dios o que en la vida venidera se sentaría a la diestra de Dios, eran inmateriales y sin ningún peso para el procónsul romano, quién decía de si mismo ser hijo del Emperador. A los ojos o parecer de millones de súbditos romanos, Tiberio era considerado como un dios superior que Jehová, cuyo pueblo y tierras habían conquistado los romanos.
Jesús fue conducido fuera del palacio hasta una habitación adyacente para que los sacerdotes y los miembros del Sanedrín no le tocasen. Él era un hombre condenado, y cualquiera que le tocase, aunque fuese sólo accidentalmente, sería considerado impuro durante la semana de la Pascua. Los siervos pasaron las primeras horas golpeándole, tapándole sus ojos, apaleándole, y burlándose de él pidiéndole que profetizase.
Fue durante este tiempo, mientras Jesús salía del palacio del sumo sacerdote y lo llevaban hasta una de las habitaciones de los criados, que vio a Pedro y escuchó como renegaba de él. Una de las mujeres que guardaban la puerta había visto a Pedro y le había reconocido. Le dijo que ciertamente él era uno de los seguidores galileos de Jesús. Pedro lo negaba, blasfemando y maldiciendo, diciendo que jamás había visto o conocido a aquel hombre. Cuando aquella mujer lo vio mejor a la luz de la hoguera, afirmó que él era uno de sus seguidores. Uno de los presentes lo reconoció por la manera de hablar de Pedro: él hablaba en galileo arameo. Los judíos del sur hablaban arameo caldeo. Los dialectos diferían y podían distinguirse bien sus diferencias y hacerse notables.
Por la mañana del miércoles, la procesión comenzó a salir de la casa del sumo sacerdote, dirigiéndose al palacio del gobernador. Algunos miembros del Sanedrín, con algunos de los escribas y eminentes fariseos, marchaban a la cabeza, acompañados de Caifás, el sumo sacerdote y seguidos por los que atendían en el palacio. Jesús venía después, rodeado por siervos y escoltado por algunos de los guardas del templo.
La procesión se dirigía hacia el palacio de Herodes, ocupado ahora por el gobernador romano. Las estrechas calles se encontraban plagadas de gente; había hombres y mujeres de pie en las azoteas. Multitudes de gente comenzaron a salir de las minúsculas casas de Jerusalén. Algunos de ellos siguieron a la procesión, maravillándose con lo que había sucedido en las silenciosas horas de la noche. No sabían de nada. La Pascua les había ocupado todos sus pensamientos. Mujeres con sus manos cubiertas de harina salieron para ver lo que estaba sucediendo en la calle. Tanto la fiesta como el culto en el templo habían caído en el olvido ante la magnitud de la colorida procesión de dignatarios judíos, tan única en su carácter. La rivalidad que existía entre las casas de Anás y Caifás había sido también puesta a un lado. Parecía como si una buena noticia, un anuncio de libertad, hubiese llegado desde Roma.
La procesión se abrió camino a la fuerza entre la masa de gente que se encontraba de pie frente al palacio. Era un espectáculo impresionante. “¿!Qué podría haber más excitante a los ojos de los espectadores que ver a un simple pastor, que a través de varios malos entendidos había sido proclamado como rey político, y que había hecho despertar la indignación en la gente y que ahora estaba listo para ir a la cruz!?
Algunos de los hombres exclamaron: “¿Quién es éste hombre? ¿No es éste aquel que unos pocos días antes entró encabezando aquel festejo de los galileos?” “Si, es él, aquel que decía de sí mismo ser Cristo el Rey,” replicaron algunos que caminaban al lado de la solemne procesión.